viernes, 22 de junio de 2012

Regalos sin envolver

 

              Suelo enmarcar entre suspiros de asombro la cara que se me queda cada vez que tengo la suerte de recibir un regalo.

Introvertido y poco dado a expresar en público lo que siento por miedo a condenarme a mis palabras o a mis gestos, reconozco que lo paso mal cuando en un momento dado soy yo el elegido para vivir una situación de esas, pues son los nervios y la incertidumbre los que toman de la mano las riendas de la alegría, y asisto con sorpresa cómo las tiras de papel se acumulan entre mis manos, oyendo de fondo las sonrisas del tiempo y los aplausos cómplices de los demás presentes.

A día de hoy - y con más de treinta primaveras vividas bajo las huellas de mis sueños -, sé que tengo que aprender a enfrentarme a esos momentos con mayor tranquilidad; sé que tengo que vivirlos con mayor naturalidad; sé que debiera de disfrutarlos porque, al fin y al cabo, recibir un presente implica que alguien garabateó el rostro de uno sobre el cristal de cualquier escaparate y sintió una felicidad contagiosa por hacernos feliz, al margen del precio, del tamaño o de la utilidad que le demos luego.  

Es el gesto más sencillo que tenemos para decirle a alguien que nos importa, que no está solo, que lo queremos, que su presencia en nuestras vidas da sentido a nuestros pulsos,... pero hay regalos que uno recibe sin darse apenas cuenta.

Son aquellos que el día a día nos va dibujando sobre las aristas de las horas. Carecen de envoltura, no presentan adornos en las esquinas, nuestros nombres no aparecen remarcados sobre una pegatina de fantasía y el papel con el que se nos entrega es invisible y apenas se muestra doblado.

Precisamente uno de estos regalos los recibí la otra noche, camuflado en un grito desesperado para evitar que la ansiedad y la tristeza hicieran de las suyas sobre una persona que lleva adosada la dulzura hilvanada a su mirada, pero que tendría que aprender a quererse un poco más, a confiar en sí misma antes que en nadie, a dar un golpe sobre la mesa de su decisiones y a luchar por sus sueños si no quiere ver cómo sus sueños se esfuman entre sus lágrimas.

Su mensaje fue claro, sincero, ahogado, melancólico:

- “¿Puedo llamarte? Necesito hablar y desahogarme.

Con los tiempos que nos están tocando vivir, donde preferimos que nos lean a que nos escuchen, donde escuchar se nos antoja difícil pues el ruido que hay afuera nos impide leer nuestras palabras, encontrar a alguien que levante la mano y que quiera compartir sus silencios y sus miedos es un regalo que hay que saber abrir y disfrutar. Pero sobre todo, apreciar.

Y como ese regalo, a lo largo del día nos vamos encontrando con multitud de ofrendas que hay que saber descubrir, que hay que saber saborear, que hay que saber compartir.

Si me dieran a elegir, preferiría mil veces tener que rasgar la envoltura de este tipo de regalos que ver cómo envejecen aquellos que por un instante arrancaron de mi una leve sonrisa. Está claro que todo es cuestión de gustos, aunque ¿ tu no escogerías lo mismo?

sábado, 16 de junio de 2012

El aroma del Puerto.



         Tiene guardado en algún bolsillo de su memoria el lienzo de aquel rincón donde de pequeña correteaba buscando las risas cómplices de otros niños a la sombra de la tarde por la calle Luna.
En su piel se confunden las arrugas de los años con las huellas de los granos de arena que embadurnaban su cuerpo antes de bañarse en las calas que ha bocados el mar ha atrapado para sus adentros, perfilando el perfil de aquella tierra sureña entre vientos y rocas.
Sobre la ribera del puerto, vivió sus primeros amores. Apoyada sobre aquella baranda soñaba embarcar sus besos a bordo de aquellos barcos que zarpaban al atardecer diciendo adiós entre vaivenes de penas, y por la noche le gustaba regresar a casa despeinada, cogida de la cintura, robando suspiros a los silencios de los zaguanes donde la pasión se desataba a escondidas.
Desde hace años no le hace falta mirar ningún calendario para saber que sus pies descalzos pronto volverán a pisar esos adoquines donde sus días crecieron entorno a una luna que se sonroja entre envidias y nostalgias, pues tiene que ser duro vivir tan cerca del Cielo y no poder sostenerlo entre sus manos.
En las costuras de sus palabras revolotean los recuerdos de los amigos, las caricias de las historias vividas, los susurros a altas horas desvelados, los abrazos acompasados, los deseos envueltos entre bulerías y pescaitos fritos… quimeras de juventud que se perdieron por azoteas y campanarios al despertarse la mañana.
Al encontrarse en su destierro forzado con algún que otro espejo, se busca la mirada para ver esos ojos azules que provocaron mas de un silencio; se peina sus canas a sabiendas de que todavía le queda muchas historias por vivir; se ríe de sus achaques, tiene amenazado en una esquina su viejo bastón de madera, se sumerge en sus añoranzas para recordar lo que le queda aun  por vivir,… y en el horizonte de sus pensamientos, desafiando al levante y al poniente, sabe que cuando regrese otro verano al Puerto - a su Puerto -, el reloj de la espera se detendrá sobre las plazoletas para que la vida se pasee a velocidad de óleo.
Y allí, sentada al fresquito de la tarde, con la vista puesta en la mar y viendo jugar a las palomas entre chiquillos y cohetes, aspirará el perfume de aquella ciudad que hace años la vio nacer y navegará por sus venas ese aroma para que así su corazón pueda seguir latiendo un verano mas.

martes, 5 de junio de 2012

Pétalos sin corona



          Sabía que existías en algún lugar. Sabía historias, retazos, leyendas que hablaban de Ti. Sabía que iba a ser un día grande para los hermanos de la Salle, un regalo para este pueblo, un fin de fiesta para los pies. Sabía que en las pupilas de tu mirada Sebastian Santos escondió los besos enloquecidos de una hija,… pero nunca imaginé que fueras así.

Fui a tu encuentro vestido con el traje de inocencias, sabedor de que aquel no era mi sitio, de que aquel no era mi patio, de que allí no se escondía mi fe. Sólo quería verte pasar, no molestar y rezarte un Ave María cuando te tuviera enfrente, pues es la única forma que uno tiene para pedirte cosas sin alzar la voz - en este caso para que lo sigas cuidando -, y al final de la noche acabé con el traje oliendo a incienso y con los hombros llenos de pétalos de tu gracia.

Me fui temprano para coger sitio. Lo miré todo con ojos inocentes; no me podía permitir el lujo de que se me escapara ningún detalle, pues quizás no volviera a verte nunca más reinando por San Marcos, por eso busqué el mejor rincón posible para entender qué es lo que tienes adosado a tu nombre.

Algún misterio debes de encerrar para que tantos corazones hayan latido bajo las bóvedas de tus sombras, y por un par de horas me tendiste la mano para atraparme de la cintura. Aun hoy, sigo sin desvelar ese secreto.

Por momentos me sentí uno mas de tu cortejo, un creyente más que caminaba a la verita de tu manto para no dejarte sola, un ser dichoso que tuvo la bendita suerte de ver a escondidas cómo el orgullo y las lágrimas se fundieron en emociones.

Comenzaste a caminar, y sin darme cuenta estaba perdido entre los lazos azules que las niñas llevaban recogidos a sus ternuras; escuché esa campana inquieta, vocera de ramos y palmas con la que ibas abriendo los zaguanes del tiempo; mastiqué el aroma de un arco por el que pasaste danzando de puntillas; los naranjos que te ibas encontrando a cada esquina agachaban sus ramas para tirarte besos; las velas rizás cobraron vida por Gaitán para contarte secretos que el viento suscribiría de por vida,… y en cada petalá vivida sentí que no hay mejor corona que  pueda bordear tus sienes que los silencios de un pueblo que esa noche aprendió a callarse en Tornería.

Así fue tu día, por que ese día era tuyo. Lo tenías remarcado en las esquinas de las ilusiones, en los adoquines donde se reposaron tus zancos, en los balcones de tu recorrido, en los cierros donde las dudas se disiparon,…

Quizás no vuelva a verte, pues hay una túnica negra y atravesada de puñales que corre por mis venas, pero saliste a la calle, y llenaste la calle de Ti. Sin decir una palabra, lo dijiste todo. Sin levantar la mano, todos sabían quien eras.

Bajo una estampa tuya guardo algunos pétalos que me llevé para casa, acunados sobre mis dedos, con la sonrisa entre sus pliegues, pues ellos te habían visto, te habían escuchado, te habían sentido.

Yo también te vi;  yo también te escuché; yo también te sentí, y aunque no te hace falta corona para reinar, esos pétalos y yo volveremos a la calle para buscarte, pues ese día no habrá Estrella que brille de forma más dulce en todo el Universo que la que sueña en San José a que al fin se descubra el más singular de los secretos.