viernes, 20 de julio de 2012

Una Vieja Amiga.


    Hace un par de días volví a encontrarme con ella. Estaba intentando que mi piel fuera cogiendo su color veraniego de una forma natural, dejando que se tomara su tiempo, que cumpliera con cada una de sus fases de desarrollo sin prisas, y no encontré mejor crema que la de anclar mis pies descalzos bajo la orilla de una playa a media mañana, sentir el vaivén de una olas entre susurros y embestidas del aire, y advertir cómo los tobillos de uno se van solapando a los hilvanes de un mar que a esas horas ya se había pintado la cara con coloretes de inocencia.   
Suelo hacerlo a menudo. Tanto en verano como en invierno. Me acerco de manera sigilosa hasta ese borde fronterizo que no deja claro donde acaba lo seco y donde empieza lo húmedo para oír, en parte, a ese mar del que tan preso soy, y para escuchar, por otra parte, lo que soy capaz de contarle entre murmullos de silencios.
Sus respuestas, puestas en boca de esa espuma que se esfuma entre los dedos de los ilusos, es un tatuaje difícil de borrar y de olvidar.
Cuando me acerco a ese mar amordazado por los vientos, me gusta creerme que formo parte de sus encajes y de sus remates. Creo que en el fondo le agrada verme allí para de esa forma descubrirme de forma disimulada.
Y allí, adormecida por las olas y sacudida por los rayos de sol, suelo encontrarme con mi vieja amiga, esa que mi cuerpo traza tras de mí en el agua; siempre me ha perseguido, de siempre me ha estado apretando, y por siempre me acompañará allá por donde mis pies caminen. Me guste o no me guste, esa vieja sombra forma parte de mí.
Es en esa silueta que ni el propio mar puede contornear a su antojo donde amontono todo lo que he sido, todo lo que soy y todo lo que mis sueños quisieran ser, con mis luces y sombras, con mis defectos y mis virtudes, con mis pares y mis nones.
Es en ese espejo azulado donde se pintan los poros de mi piel sin que nada quede al azar; donde se descubren los moratones que la soledad ha sido incapaz de acunar entre sus brazos; donde contemplo cómo mis quimeras se van evaporando como bocanadas de humo a medio exhalar, y donde me doy cuenta de que, aunque pretenda elevar mi cabeza ante el dolor y el llanto, siempre habrá alguna daga caliente que me la quiera rebanar, bien por envidia, bien por maldad.
Es mi vieja amiga, esa que sin decirme nada es capaz de apuntarme cuántas piedras conformaron mi camino, es capaz de advertirme que el orgullo de vez en cuando hay que escupirlo entre rabias y delirios, pero sobre todo, es esa vieja amiga que jamás suelta mi mano cuando las cosas se tuercen al doblar la esquina y en el cielo empiezan a descubrirse nubarrones de abandono.
Es a ella a quien hay que preguntarle quién soy yo verdaderamente; es mi primera muralla, la que te pondrá las cosas difíciles para que no me hagas daño; a estas alturas estoy cansado de sufrir por mediocres que no merecen la pena.
Si quieres formar parte de mi vida, tienes que empezar por ganarte la confianza de mi vieja amiga; si lo logras, ella te indicará los surcos que tienes que recorrer para descubrir lo que mis latidos esconden. Así que, ¿te atreverás a ganártela?

viernes, 6 de julio de 2012

El color del llanto.



A lo largo de mi vida he visto deambular por mis mejillas multitud de lágrimas, señal inequívoca de que mi corazón desata sus costuras de vez en cuando para romper aquellos silencios incómodos e hirientes, para acallar a una rabia que por momentos no le deja articular palabra o para enfrentarse a una tristeza que se viste de miradas y abrazos envenenados.

Es una manera simple y personal de vaciarnos por dentro, de zarandear a nuestras heridas, de acunar a nuestras nuevas cicatrices y de tomar aire para enfrentarnos a unos recuerdos que el tiempo irá tejiendo entre pespuntes de nostalgias.

Reconozco que me cuesta romper a llorar, que a veces intento hacerme el fuerte ante situaciones que me desbordan, que me agarro con ímpetu a la barandilla de la hombría porque eso es lo que los demás esperan de mí, pero en el fondo soy igual de vulnerable que los demás y, cuando exploto a llorar, lo hago sin miramientos ni remordimientos.

Así, y echando la vista hacía atrás, me he dado cuenta de que he llorado de manera desconsolada cuando un familiar escribió en el cielo la palabra adiós sin que los vientos tuvieran fuerzas suficientes para borrarlas.

He llorado como un niño pequeño cuando he sentido cómo mis latidos se rasgaban a jirones cuando faltaba a mi lado la dueña de unos suspiros que por egoísta perdí y no quise darme cuenta.

He llorado amargamente cuando tras de mí escuché el vacío que se siente tras cerrar diversas puertas a sabiendas de que nunca más volveré a llamar a ellas con mis nudillos, bien por orgullo, bien por apatía o, simplemente, por que no todos los dinteles sirven para guarecerse de la lluvia.

Rompo a llorar cada vez que me encuentro cara a cara con la mirada que en su día tallara la luz entre gubias de compases, y me estremezco tan sólo al recordar retazos de una infancia que cuelgan de mis huellas entre guiños color sepia. 

Como ven, he vertido lágrimas. De todos los colores y sabores. Bien sólo o bien en compañía de aquellos a los que no les importó tender su mano para que en ellas las secara. Esas lágrimas compartidas son las que mejor respiran.

Pero las que inundaron mis ojos hace un par de días tiñeron mi cara de un color especial, de un color rojo que saboreé de otra manera. Tenían un regusto diferente.

Fueron lágrimas que en su interior llevaban incrustadas la palabra felicidad. Lágrimas que se soltaron de mis adentros y explotaron en mil pedazos para hacerme olvidar - por unos instantes -, lo que el aire que respiramos nos trae en cada golpe de mano.

Lágrimas del color de la camiseta de la que me siento orgulloso; lágrimas del color de las banderas que desde hace semanas cuelgan de los balcones de las casas; lágrimas del color de mi sangre, esa misma sangre que se arremolina por entre mis venas cuando escucho un himno al que no le hace falta letra.

Lágrimas, en definitiva, tintadas de rojo; ¿habrá color más bonito?