viernes, 21 de septiembre de 2012

Dueño de mis silencios.

              Los que creen conocerme apelan a la sensación de que algo me pasa cuando me ven callado y ensimismado en mis cosas. Portadores de su verdad, no se atreven a preguntarme directamente si algo me sucede o me ocurre, haciendo mil conjeturas sobre mi estado de ánimo, sobre mis preocupaciones o sobre mi fe.
Los que creen a pies juntillas conocerme enarbolan, a lo lejos, una bandera blanca con tintes a victoria cuyo lema ondea bajo la expresión “él es así, y hay que dejarlo”, lo que les permite no tener que franquear las puertas de mi verdad para no toparse con mis palabras.
Tanto unos como otros tienen que saber que cuando me vean silente y ausente en mi día a día es porque en esos momentos prefiero guardar silencio para que la sangre que recorre mis venas no haga que mis latidos revienten.
Como ya contemplo algunas canas sobre mi pecho, sé que hay mil maneras de encarar los problemas, de hacerse notar, de elevar la mirada,... pero desde un tiempo a esta parte mi opción ha sido la de guardar silencio y lavar mis trapos sucios en casa, lejos de oídos y de hombros extraños. A estas alturas de mi camino he tropezado demasiadas veces con la misma piedra.
Así, y como os iba contando, ante el silencio no tengo que disimular, no tengo que soportarme, no tengo que traicionarme. Él sabe de mí todo lo que los demás desconocen; yo sé de él todo lo que él quiere que se sepa. Y tengo la certeza de que siempre está ahí, adosado a la espera para no fallarme.    
Hasta el día de hoy siempre he confiado en él, en mis silencios, y con ellos bajo el brazo seguiré dando respuesta a tantos hipócritas que lloran sin saber la suerte que realmente tienen entre sus manos, aunque crean que a sus manos le han puesto fecha de caducidad; seguiré guardando silencio, aunque me duela al tragar saliva, cuando vea cómo les acompaña la suerte a aquellos que se ríen de manera maliciosa, entre soberbias y humos, cuando realmente ni el eco de sus pasos los soportan; y continuaré callando, aunque me tiemblen los huesos y me falte el aire, cuando de nuevo sienta a la tristeza llamarme a escondidas entre el bosquejo de mis ilusiones, invitándome a que me siente junto a ella en el banco de la paciencia.
Esos son mis silencios, los que hacen que al callarme, otorgue; los que encuentro al pedir auxilio cuando asisto a tantas injusticias a mi alrededor; los que me ayudan a mirar para otro lado cuando huele a podrido por la ventana; los que encuentro cuando me despierto y oteo un futuro cada vez negro y sin esperanza.
Por ahora, soy dueño de ellos, de mis silencios; de mis palabras, esas de las que soy esclavo, os hablaré otro día. 
 
 
 
 

lunes, 17 de septiembre de 2012

Una rosa entre sus brazos

 

 
                   Los nervios de un nuevo encuentro ante Ti me hicieron despertar ayer domingo con una sonrisa distinta en mi cara. Al abrir los ojos abandoné entre mis sábanas al sueño que en esos momentos envolvía mi piel, y junto al frío que se colaba inquieto por la ventana me fui vistiendo para ir a verte.

Al llegar a ese jardín en que se convierte cada mañana de septiembre tu plazoleta, todas las flores y palmeras de aquel lugar añejo coloreaban con sus aromas sus nervios e inquietudes, pues este año se habían propuesto robarte la pena que a cada segundo te va martirizando.

Llevaban meses con esa idea rondándoles la cabeza. Lo habían hablado con las palomas, con los adoquines y con las sombras; la luna y las estrellas fueron cómplices de aquel secreto, y el mismo aire, ese que juguetea con los caprichos de tus alfileres, desveló el recorrido que ibas a seguir.

Se sentían fuertes en sus intenciones, querían compartir con la Madre de Dios ese escarnio que supone ver cada día la muerte de un hijo, deseaban aliviar la pena, anhelaban tu descanso, pero al franquear tu dolor el dintel de aquella humillada capilla, todo se les vino abajo, como un castillo de naipes entre las manos de un niño, dejando un escalofrío tibio recorrer sus miradas al no poder levantarlas cuando pasaste a su vera. 

Al dejar atrás aquel jardín de piedras y bancos, giré la cabeza hacia esa plazoleta donde se esconden las lágrimas, donde se forjan las promesas, donde nacen las quimeras, y al meter mi hombro maltrecho sobre tu paso salpicado de plata, lo entendí todo.

Así, pude entender que ese dolor que sufres en silencio, es sólo tuyo; que esa piel que a tiras te van descosiendo de tu alma, es solo tuya; que esa tristeza adosada a los tiempos, sólo Tu la conoces; que te duelen más el rencor y el odio que el filo de los cuchillos, que darías hasta tu última gota de sangre por volver a parir sin dolor al que arrebataron de tus entrañas, y entendí, cuando las fuerzas empezaron a flaquear, lo que aquel jardín asumió con resignación, pues la rosa que sostienes entre tus brazos, si alguien osara arrancártela, haría que el cielo volviera a rasgarse, que la tierra de nuevo temblara, y que los latidos de tu corazón -y el mío-,  carecieran de sentido.

viernes, 7 de septiembre de 2012

La sonrisa de la luna.

 

            Hace un par de días mantuve una íntima conversación con un viejo amigo, alguien que llegó a mi vida cuando ambos teníamos toque de queda para llegar a casa los viernes, y sentí en aquellas palabras un maridaje de nostalgias y tristezas que a día de hoy aun perfuman mis pensamientos al atardecer.
Sin guión establecido, recurrimos a rasgar el sobre lacrado de las anécdotas, esas que ambos guardábamos entre hilos de algodón en una esquina de nuestros recuerdos, y juntos recorrimos de puntillas aquellos años donde la inocencia y la pubertad nos iban jalando de los brazos para que alcanzáramos una madurez que tardaba en llegar y que se nos antojaba muy lejana; muchas veces me pregunto si la habré alcanzado ya.
Al recordar hoy esa charla cierro los ojos y siento de nuevo entre mis dedos el reflejo de unos años donde fui libre de pensamiento, de palabra, y sobre todo, de acción. Y me doy cuenta de que hay cosas que ya no volveré a sentir.
En esa época caminé por senderos desconocidos, tropecé entre piedras, metí mis pies en charcos, me despeiné ante abismos en penumbra,… pero mis ataduras y mis lágrimas siempre fueron desatadas y secadas por algún amigo, alguien que siempre estaba ahí, que habría su corazón sin esperar nada a cambio, que hacía suyo mis problemas y que lo único que le importaba en esos momentos era reconfortarme con sus palabras y con su aliento.
A día de hoy, sigo caminando, tropezando, despeinándome,… sigo atándome y llorando, pero a diferencia de cuando lo hacía antes, me he vuelto un tanto desconfiado, y miro y remiro hacia ambos lados de la calle por si hay alguna sombra que repara en mí e intenta tenderme la mano, eso si, con más miedo que vergüenza.
¿Y a qué tengo miedo a estas alturas? Pues a que me hagan daño, a que bailen entre risas sobre mis rescoldos, a que pisoteen mis sueños y mis heridas, pero sobre todo, a que me traicionen con un beso, a media noche, esfumándose de mis mejillas la palabra dada, compartida, confiada.
Quizás me embargue la melancolía y rumie para mis adentros que cualquier tiempo pasado fue mejor; quizás el tiempo haya solapado lo malo para que lo bueno sobresalga ante mi ventana; quizás vaya en mi carácter el ver en estos momentos el vaso medio vacío cuando albergo un problema, pero la sensación de desconfianza que veo, que vivo, que respiro cada día a mi alrededor hace que la mayoría de las veces opte por hacer mutis por el foro y esconder mis silencios entre el aire de mis pulmones cuando éste me acoge entre sus pechos. Dudo que él me engañe.   
Aun así, seguiré desnudando mi alma en cada escrito, seguiré acompasando mis poemas ante el vaivén de una mirada, seguiré sonriendo ante la malicia de aquellos que se creen mis enemigos, y seguiré, cueste lo que me cueste,  persiguiendo mis sueños, aunque broten lágrimas de rabia y de impotencia.
Sólo me queda creer en mí y en mis pasos. Sé que ellos me llevarán - algún día-, a acariciar con mis manos la sonrisa de la luna.