viernes, 23 de noviembre de 2012

Cartas marcadas



                           La conozco desde hace años y sé, por sus ausencias, que no anda demasiado bien. No me lo quiere confesar por temor a romper sus murallas cimentadas en cristal, pero lleva unas semanas con la angustia y la tristeza envolviendo sus alientos. El último revés que la vida le ha dado ha sido desmedido, siente que le ha pillado ya mayor, casi sin fuerzas, y la esperanza a que esta situación cambie la está consumiendo poco a poco.
Apenas come. Apenas habla. Apenas duerme.
Se pasa las tardes rumiando sobre una butaca preguntas que atraviesan sus dudas. Deshoja entre sus dedos el anhelo de retorcer el tiempo para que éste empiece a corretear de nuevo. Se castiga con cada sollozo, y de tanto flagelarse se ha llegado a creer que la culpa en esta historia sólo la ha tenido ella.
En la distancia que nos une me la imagino arrastrando sus pies al maquillarse la luna, y al acercarse hasta una habitación desahuciada por el egoísmo y las prisas, esperará en silencio a que en sus pupilas aparezca una cama con las sábanas revueltas. Al ver que todo sigue igual que ayer, volverá a cerrar una habitación que vale más por lo que escucha que por lo que cuenta.
A estas alturas de mi vida acepto las reglas que ésta dispone para que la propia vida sea quien se alce con la victoria de una batalla bastante desigual. Convivo desde hace años con traiciones, decepciones, engaños; con maldades, guantadas a dos manos, desilusiones; con envidias, celos, frustraciones,… pero lo que no logro, lo que no asumo, lo que no consigo entender es que existen cartas marcadas de antemano con el sufrimiento de una madre en el anverso de las mismas.
Como hombre que soy reconozco que no soporto el dolor. Me quejo con el roce más nimio y pienso que la parca está en el salón de mi casa esperando a tachar mi nombre de su lista cuando pillo un simple resfriado, pero desde esta tribuna donde mis pensamientos vuelan de manera libre quiero confesar que esta tortura que estoy leyendo día a día en los ojos de esa madre es el tormento más grande al que jamás me he sometido.
No sé qué palabras emplear para aliviarla. No sé qué decirle para que calme sus nervios. No sé cómo ayudar a una madre que convive con la ansiedad instalada sobre su pecho.
Sufro cuando ella sufre, lloro cuando ella llora, me enrabio cuando ella se enrabia, y aunque es duro sentir la impotencia remontar por los poros de mi piel cada vez que la acaricio, necesito sentirla, rodearla, envolverla con mis brazos cada vez que la veo.
Ojalá que todo esto que estamos viviendo sea solo una mala jugada del destino; ojalá que dentro de poco seamos capaces de ver como todo vuelve a su cauce y ojalá, algún día, pueda romper en mil pedazos esas malditas cartas marcadas que tanto daño le hacen.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Recuerdos tatuados.


                             Sin apenas darnos cuenta vamos depositando los resguardos de nuestros días, las nostalgias del ayer o las lágrimas que el viento no sabe cómo secar entre los poros de nuestra piel.

Esa piel que crece con nosotros a la par, tapizando nuestros miedos, solapando nuestras emociones y ahuyentado nuestras dudas, es la misma piel que muda de color cuando las ausencias nos pellizcan el alma, y ayer por la tarde las mías me pidieron la venía para que fueran revividas.

Lo que estas ausencias no saben es que ellas no necesitan amoratarme el corazón para que las recuerde cada vez que el calendario se viste del luto, pues desde que se marcharon las llevo arrimadas a mis pulsos, viven contiguas a mis pisadas, florecen pegadas a mis sueños y cada vez que abro los ojos al despertarse la mañana, las acaricio antes de abandonar mi cama.

No necesito un día con coloretes para acordarme de los que ya no están a mi lado. Sé que desde que partieron han estado ahí, cerquita de mi silueta, pespuntando mi cintura para que no pierda el equilibrio cuando mis pies tropiezan en la noche, pero los hecho tanto de menos que he tenido que aprender a convivir con esa sensación que te ahoga, que te duele, que te quema cada vez que suspiras y el frío se asoma por la rendija de la melancolía y no tengo esas manos que le puedan dar calor a las palmas de mis cicatrices.

Cada cierto tiempo alzo la mirada buscando a los que me faltan entre las nubes, da igual el día o la estación del año; y lo hago con la esperanza de que sin nombrarlos me guiñen un ojo y así puedan decirme que allá arriba están bien, que no tenga ninguna prisa por ir a abrazarlos, que ellos me están esperando junto a los cuentos que me faltaron por escuchar, las puestas de sol que no divisamos, los consejos que rebuscando entre las preguntas que me oprimen nunca encuentro, el salpicado de orgullo que les produce el verme caminar como un hombre, las sonrisas que me faltaron cuando al girar la cabeza no encontraba las suyas, los besos de buenas noches, las caricias en mi rostro cada vez que cumplía años, los pañuelos tendidos al sol para que se secasen mi rabia y mi ira, sus susurros, mis apretones, nuestros mosqueos,…

Es lo que tiene el tener en un balcón de la gloria a seres queridos y no apostados en un calendario de hojas caducas.

Así, cada vez que se alza el levante con ganas de fiesta o la lluvia golpea con insistencia los charcos de mi memoria, se acercan hasta mi casa el aroma de sus palabras, el perfume de sus mimos, el manoseo de las anécdotas o el roce de fotografías donde ellos causan baja, desahuciando a un color sepia que no entiende de matices humanos.

Estos son mis recuerdos tatuados, los que llevo amarrados con hilos de ternura a los bolsillos de mi piel, esa piel que me escuece cada vez con más insistencia cuando al leer la letra pequeña de la vida vuelvo a sentir el correteo de un llanto que jamás ha descansado desde que mis ausencias partieron a la otra vida.