viernes, 28 de diciembre de 2012

Un paseo para recordar


De los placeres que aún nos quedan por disfrutar sin que por ello el Estado nos cobre una tasa o un impuesto (todo se andará) se halla el de pasear. Es algo que se encuentra al alcance de todos, y todos en algún momento optamos por este sistema para evadirnos de nuestros ahogos o asfixias con la excusa de estirar las piernas.

Para pasear simplemente se requiere calzarse de unos zapatos que sean cómodos, buscar una buena compañía para que los silencios entre los futuros diálogos no sean catalogados como incómodos y -quizás lo más importante-, dejarse aconsejar por el viento cuando no sepan a donde dirigir sus pasos; supongo que él, como amante que se cuela por los callejones y sabio seductor de veletas a media tarde sabrá indicarles la ruta a seguir cuando surjan las dudas. Confíen en sus susurros.

También pueden hacerlo de manera solitaria, ataviándose de unos simples auriculares para ignorar al ruido externo que constantemente nos envuelve; pueden pasear de la correa y los antojos de su fiel mascota (no se olviden de que vivemos en sociedad) o pueden hacerlo como si al regresar a casa le fueran a dar un premio debido a su rapidez y premura en volver.

Como ven, hay mil maneras de pasear y el paseo lo pueden hacer de mil maneras.

Pero lo bonito que esconde un paseo son los recuerdos que se nos quedan tallados en nuestra retina a modo de rincones, de lugares, de puestas de sol en invierno; de aromas, de guiños, de abrazos que nos envuelven el alma cuando tenemos frío; de lágrimas, de risas, de pieles que ya no tenemos a nuestro lado y que en estos días tanto estamos echando de menos.

Aunque a veces un paseo puede ser una guantada sin manos, un zarandeo a nuestras sentidos, un escaparate donde se puede ver un mundo que creemos que es ajeno a nosotros sin pensar que mañana esos focos nos pueden alumbrar directamente a nuestras impotencias.

Porque impotencia es lo que sentí en mis carnes en mi último paseo al ver esa cola de personas esperando su turno, delante de un convento, entre naranjos aun sin florecer y adoquines que esperan al mes chiquito para olvidarse por unas horas de sus penas.

Eran personas que jamás pensaron verse ahí, mendigando limosna, con la cabeza agachada, sin apenas hablar y esperando su momento para poder llevarse un litro de leche y una barra de pan con la que poner a sus hijos un bocadillo para seguir engañando al hambre por unas horas.

No pretendo hacer demagogia ni exculpar a mi sepulcro blanqueado de esta situación, pero cuando el viento quiso que viera esa cola, me mostró una realidad ante mis ojos que por día crece, que por día aumenta, que por día asciende, mientras que yo sigo molesto porque no me devuelven las felicitaciones navideñas que con tanto ahínco copié y sigo enojado porque  la gente no me “retuitea” mis hilados comentarios.

Ya ven, las cosas de la vida, y las cosas que esconden algunos paseos que sí son para recordar.


viernes, 14 de diciembre de 2012

Entre una mula y un buey.


               Desde hace años al ponerse el sol, se detiene un rato ante la ventana de aquel salón donde las huellas de sus días van trazando sus últimos silencios entrecortados. Se atrinchera entre las cortinas y el visillo, y sin apenas hacerse notar, asiste en la lejanía a esa despedida amarga y melancólica que cada tarde termina con la eterna promesa de volver a colorear con tonos rojizos y anaranjados las ropas que aun bailan sobre los cordeles de las azoteas.  
 
Siente que es uno de esos momentos en los que puede aspirar vida, y ha hecho de ese instante rutinario el refugio donde sus manos cansadas reposan, donde sus caricias olvidadas resurgen y donde sus recuerdos,  envenenados de nostalgias, corretean por entre las yemas de sus dedos. 

Suele quedarse allí hasta que la luna comienza a perfumar con besos y juramentos los zaguanes de la impaciencia, y le gusta recordarle a esa dama solitaria que tiene que seguir velando por sus sueños antes de que éstos mueran al llegar la mañana y se esparzan por entre sus sábanas húmedas.

Pero la otra noche…

La otra noche este deseo tardó en formularse porque cayó en la cuenta, esta vez demasiado tarde, de que el frío del invierno traía de nuevo entre sus alforjas a la mentira y a la falsedad como invitadas en primera clase. Y las sintió ahí, mostrando su cara más dulce y a la vez más dañina al decorar las calles de su barrio, su vetusto barrio, bajo un alumbrado con motivos demasiados modernos y que nada tenían que ver con este tiempo de espera.

Con la mirada aun confusa pudo ver a la envidia agazaparse entorno a papeles que pronto, muy pronto, serán los encargados de envolver regalos que pellizcarán nuestra alma de niño, esa que creemos perder cada vez que una nueva arruga recorre nuestra piel al llegar el momento de tomar las uvas, y al poner el oído pudo escuchar el eco de las primeras palmas y panderetas, junto al zumbido inequívoco de una añeja zambomba que en estos días reúne más gente entorno a su alrededor que la mayoría de los muros pétreos y obsoletos de un mensaje que no sabe muy bien donde tiene anclada sus raíces.

Al tener que limpiar el cristal de aquella ventana que con su vaho se iba empañando se dio cuenta de que el momento de blanquear nuestros corazones, ese que algunos llaman diciembre, estaba llamando a su puerta, y un repeluco de culpabilidad recorrió toda su espalda al saberse que, como los demás, tendría que desprenderse de muchas piedras que había ido acumulando a lo largo de su camino para sentirse libre de pecado.

Pero a su vez, una sonrisa comenzó a trazarse en su cara, un deseo comenzó a distinguirse en su rostro, un destello empezó a recorrer la oscuridad de sus venas y una sensación que la daba sosiego y calma pudo acompasar a sus pulsos, esos pulsos que el destino pondría de nuevo ante las plantas de la sonrisa de ese niño que sólo es feliz cuando hace de las suyas entre una mula y una buey.