lunes, 29 de abril de 2013

El niño que lea.




De las cosas más bellas que un maestro de infantil guarda en su memoria una tiene que ver con el sonido de sus niños al leer por primera vez. Tras un trabajo de varios años, las piezas de un puzle sonoro cobran vida cuando ese dedo comienza a subrayar por si solo una frase que dibujará en el rostro de ambos una sonrisa infinita.

Por si alguien no lo sabe, yo les puedo contar que ese milagro no es un trabajo exclusivo de aquel o aquella que aceptó su vocación, sino que tiene que ir de la mano de los padres, de los abuelos, de los tíos,…de todos los agentes activos que participan en la enseñanza -y en la EDUCACION-, de ese infante que a través de un cuento, de un poema o una canción puede vivir otros mundos.

Y paralelo a este milagro se da aquel que tiene que ver cuando un lápiz del número 2, haciendo equilibrio entre sus torpes dedos, le permite escribir su  primer nombre gracias a los personajes del país de las letras.

Pero si para los maestros de infantil es una satisfacción, para los profesores de secundaria, bachillerato, y me consta que hasta para los de Universidad, este tema se está convirtiendo en algo frustrante.

Leer un examen de un alumno de la E.S.O. es un ejercicio de detective en algunos casos, y no solo por su contenido.  

Y en sí mismo es una contradicción que la generación de adolescentes que más leen y más escriben se esté convirtiendo en la más  inculta ortográficamente hablando, puesto que antes de quitarse las legañas, ya han saludado a la humanidad con un tweet de buenos días!, dejando claro a sus amigos, y sus enemigos, que la noche no han podido con ellos.

Hagan suyo aquel consejo que tanto le repetían a mi madre de que el niño leyera, lo que fuera, donde fuera, pero que leyera; tómenlo y hagan lo mismo. Todos saldremos ganando. 

lunes, 22 de abril de 2013

Ser jerezano



Circula por las redes sociales una especie de decálogo donde se dan unas directrices maestras de lo que significa Jerez, y por defecto, ser jerezano.

Entre ellas se pueden leer algunas afirmaciones tales como que Jerez es olor a incienso, es una guitarra bien tocá, es pasión en una plaza de toros o es ambiente motero.  

Uno, que guarda entre recuerdos los primeros dientes que buscaron cobijo bajo una almohada ratonera, sabe que Jerez es algo más que una ciudad con duende, un entramado de leyendas que tiene la playa a diez minutos o un arte inigualable cuando le da por cantar nanas en diciembre.

Sé todo eso, pero también sé y reconozco que en los espejos del carácter del jerezano se va acumulando el polvo de su propia ignorancia cuando la vida va pasando por nuestra vera y no apreciamos lo que aquí se cuece.

Esa ignorancia, que duerme anclada a los pies de las fronteras que nos rodean, es la que nos ha vuelto a sacar los colores hace unos días cuando no hemos estado a la altura en la despedida que se merecía uno de los nuestros, bien porque desconocíamos su grandeza, bien porque como buenos jerezanos esperaremos a que alguien, de afuera a ser posible, nos abra los ojos algún día.

Ser jerezano, aparte de presumir de caballos, de aeropuerto o de creernos el ombligo del mundo al llegar la feria, es conocer, es amar, es saborear la historia de este rincón, pero no solo la que se queda a dormir en las espadañas, sino la que cada día vamos conformando los que tenemos la suerte de nacer aquí, lleguemos o no lleguemos a ostentar el privilegio de ser su hijo predilecto.

Ojalá me equivoque, pero me temo que el próximo martes, cuando un jerezano -sí, sí, otro de los nuestros- reciba el Premio Cervantes nos volverá a pasar lo mismo, y la ignorancia nos dará otra guantada sin manos cuando creamos que el instituto es el que irá a recoger el premio, en vez del poeta.

viernes, 19 de abril de 2013

De vez en cuando...



Serían las seis y cuarto de la tarde cuando decidió finiquitar aquella nueva aventura.

Llevaba varias semanas sin apenas encontrar la concentración necesaria para poder siquiera pasar apuntes a limpio, y ante los consejos de su madre, decidió pasarse por la biblioteca del centro.

Allí tampoco fue capaz de lograrlo. Cada vez que alguien llegaba o se ausentaba a fumarse un cigarro, él no perdía de vista el eco de sus pisadas, y sin querer darse cuenta en su cabeza iba conformando una historia, iba imaginando un nombre, iba tejiendo un pasado,... hasta que abría los ojos y se culpaba por ello. 

Masticando ese agobio, recogió sus libros, se calzó su mochila, bajó las escaleras de manera precipitada, se ausentó de la sociedad colocándose sus auriculares para no escuchar los latidos de un corazón apocado, y puso rumbo a su casa.

Necesitaba sentir el aroma que sólo las paredes de su habitación podían darle; era el único lugar del mundo donde su propia piel no le agobiaba, donde las preguntas sin respuestas no le atosigaban, donde sentía la libertad al descalzarse, y donde encontraba el arropo a sus miedos entre el rumor de sus versos, siempre sus versos.    

Pero al cerrar la puerta de su cuarto, sintió una bofetada de culpa en sus mejillas al verse reflejado en aquel viejo espejo; entonces quiso huir de nuevo, quiso correr de nuevo, quiso escaparse de nuevo, quiso abandonar y quiso abandonarse,… pero sus pies se anclaron en aquellas lagrimas que, una vez más, correteaban por su rostro.

        El protagonista de esta historia puede ser cualquiera de nosotros; todos, en algún momento de nuestra vida, hemos perdido el norte, hemos escuchado cantos de sirenas equivocados, hemos sentido el miedo sonreír junto al fracaso; hemos desandado el camino, hemos mirado por encima del hombro, hemos gritado para defendernos; hemos dado portazos, hemos contestado como no era debido, hemos escupido en la mano que en su día nos dio de comer,…

Pero de vez en cuando hay que soltar amarras, hay que reconocerse en ese espejo y hay que llorar, soltar lastre, limpiarse por dentro y enjuagarse la cara por fuera; entender que las piedras con las que uno tropieza no son solo nuestras, puesto que no hay nada que nos pertenezca bajo el sol, y aceptar, de una vez por todas, que solo somos humanos, y que no somos perfectos.

Cuando los tinteros de los agobios se rebosan y no se encuentran explicaciones a los silencios, la que más sufre sin duda alguna es el alma, ese abrazo de terciopelo que te rodea la mirada desde que caminas acurrucado entorno a un vientre, y amigo mío, ese alma que tú y yo tenemos hay que escucharla, hay que mimarla, hay que rodearla de palabras que otros antes nos dijeron, que otros antes nos regalaron.

No te enquistes, no te culpes, no te calles, y siempre que necesites alzar la voz, primero pídele a tu mano que se levante; será el primer paso para que tus gritos callados permitan levantarse en la oscuridad de la noche.

Tu alma te lo agradecerá.

lunes, 15 de abril de 2013

Todo llega.


            Si miras desde cualquier rincón sentirás su aroma agarrarse con fuerza al aire; si oteas en el horizonte, la envoltura de sus sueños comienzan a abrirse con pausa; si escuchas a la tarde robarle pellizcos al sol, sus huellas comienzan a trepar por las almenas.

Pero no se atreve a pasar del todo. Hay algo que se lo impide. Hay algo que le amarra la cintura y no le deja franquear la puerta para caminar de manera libre por senderos donde antaño sus pies respiraron.

Aquellos que creen conocer el carácter que su voz esconde cuentan que todo es cuestión de tiempo. Y puede ser que ellos lleven razón, pues apenas lleva varias semanas con el traje de fiesta y las costuras de sus miedos aún no han dado de sí.

La otra noche volvió su cabeza hacia atrás para ver el camino que surcó hace unos días, un camino andado entre nervios y utopías, entre perezas y apatías, entre anhelos y cobardías, y hasta el cielo lloró como sólo sabe llorar él, masticando la alegría en una tarde de viernes cuando escuchó cómo las sonrisas de felicidad iban pidiendo paso para garabatear su rostro cada vez que bailaba quimeras a la sombra de la luna.

Sabe que su turno al fin ha llegado; siente que sus gritos han sido escuchados en los fríos del invierno; acaricia las ataduras de sus muñecas que aun queman por las rozaduras de la espera, y sabe, siente, acaricia el temblor que desemboca en su labios cada vez que se da cuenta al mirarse en los espejos de que esto que está viviendo no es un delirio de escribano.

Solo necesita que las agujas del tiempo abracen un poco más su confianza cuando se tenga que despertar al alba, y entonces nos daremos cuenta de que con su palabra estará revistiendo la sangre sobre aquellos corazones que solo se alteran cuando llega la tan esperada primavera.

Bienvenida seas.


viernes, 5 de abril de 2013

Me ha faltado algo.


El salón de mi casa se ha quedado de nuevo mudo.

Siente sobre su piel la ausencia de lo vivido, lo efímero de lo soñado, lo escrito por lo contado y lo relatado por lo sufrido.

Escucha a las gotas de la lluvia pellizcar los cristales, y quisiera liberarse de sus ataduras para saltar sobre sus charcos y salpicarle la cara a esas nubes traidoras, con sus recuerdos, sus emociones, su pasión y con su fe, esa que a veces se tambalea cuando no siente a Dios transitar por las calles por culpa de los caprichos del aire, o por las decisiones de algunos hombres malheridos.    

Pero es normal verlo así. Ha visto como mi madre ha ido devolviendo las túnicas a sus maletas, ha escuchado el golpeo de las medallas sobre los cabeceros, ha sentido los dobleces de las papeletas de sitio en su cajón y las pocas estampitas que nos han ido regalando este año se confunden con las que se quedaron sin repartir, entre lágrimas e impotencias, aquel Martes de estrenos bordados.     

Sabiendo como es él, se llevará varias semanas con el carácter cambiado y nos hará sentir cómo el frío corretea por sus paredes, hasta que de nuevo volvamos a caminar juntos por los senderos de la memoria, cogiditos de la mano, cuando mi amigo Caña venga a casa a hablar de cofradías.  

Y será entonces cuando le cuente que salí a la calle anudándome al cuello mis mejores galas, pero con el alma despojada de hábitos para sentirte cerca de mí.

Que correteé por encima de las agujas del tiempo para que los años y el cansancio se perdieran entre segundos muertos, pero mis huellas empiezan a hundirse cada vez con más facilidad cuando tengo que esperarte por San Marcos.

Que me puse nervioso cuando me enteré aquella tarde que saldrías a la calle, a pesar del agua, en contra del viento y aliándote con el frío, demostrando que los partes de la ilusión solo los manejas Tú al antojo de tu vela, ese resquicio de barcos que ya no navegan.

Pero también le contaré que me ha faltado regresar a casa oliendo a incienso; que no me duelen los zapatos de andar para atrás ni el cuello de buscar tus clavos; que no tengo olores correteando por mis palabras, que tengo que pedir cita de nuevo para escuchar tu amargura ante mi delirio apuñalado, y que el único lugar del mundo donde se produce el milagro del silencio susurrado me lo han robado este año cuando no quisiste morir por calle Gaitán.

Y me ha faltado paciencia, serenidad, tranquilidad, tiempo para ir a rezarte tras unos varales, momentos para que me descuadres el alma tras un izquierdo, instantes que sólo Tú eres capaz de regalarme cuando esquivamos nuestras culpas.

Y sobre todo, le contaré a mi salón – y a quien quiera escucharme-, que me ha faltado ir a buscarte, caído de San Lucas, reguero de promesas y amistades quebradas, pero tú sabes mejor que nadie que guardar silencio es la opción más libre de gritar lo que uno siente; te tuve demasiado cerca para que fuera real, te disfruté de manera tan real que tuve la sensación de que todo, absolutamente todo, fue un sueño.