lunes, 29 de julio de 2013

Cuando no hay palabras



Uno cae en la cuenta de que los bolsillos de la cintura van pesando más de lo debido cuando las velas de los cumpleaños apenas pueden soplarse.

Con los años vamos acumulando golpes, bofetadas, estrías alrededor de nuestra cintura cuya única función es ayudarnos a descubrir la verdadera cara oculta de la vida, ese regalo del que no somos dueños y que viene envuelto entre lágrimas de cristal.

Apenas le hacemos caso a estas cosas, pero nuestra piel es más frágil de lo que en el fondo es.

Podemos hacernos fuertes ante los insultos, podemos pisar la cabeza del que ose hacernos daño, podemos ignorar con nuestro silencio al que nos echa de menos,… pero en el fondo lo que estamos haciendo es proteger nuestra piel, nuestros latidos, nuestra vida, ocultando que somos seres débiles, tiernos, rompibles.

Y nuestra piel, nuestro latido, nuestra vida se nos rompe en el momento más inesperado, en el momento más inoportuno, en el momento más brusco, dejando cicatrices a nuestro alrededor que jamás se recompondrán.

Como aquellas que tardarán en brotar en los familiares de los que iban en ese tren que ha descarrilado por la insensatez de la velocidad; o la que acunó esa llamada que dijo, tras un quebrado susurro “todo se ha consumado”; o la tragedia que están asimilando esas dos familias cuando la otra tarde ni siquiera pudieron decirles adiós a los que más querían.

Pero es ahí, cuando todo pierde su sentido, cuando la locura abraza los gritos, cuando uno cree caminar por el abismo de la sinrazón cuando tu voz es más que necesaria, aunque sea desconocida, aunque pienses que no reconforta, aunque esté llena de dudas, de cansancio, de dolor,… porque eres el portador de la única Palabra que tiene sentido en todo esto.


Porque, cuando no hay palabras, las tuyas son más que necesarias amigo Pater.

viernes, 26 de julio de 2013

En un momento.


Cuando anoche me senté delante del teclado con la idea de darle forma a este artículo, confieso que era incapaz de escribir lo que tenía pensado: la tragedia de Santiago había descarrilado por medio de mis sentimientos.

Suelo madurar cada escrito, plantearlo a mi manera, medir las palabras para que el charco de las mismas salpique al que se sienta aludido, pero esta vez quise dejarme llevar por lo que en esos momentos estaba sintiendo.  

¿Y qué estaba sintiendo?

Pues sentía impotencia, mucha impotencia; cada vez que leía un nuevo tuit pidiendo que se necesitaba sangre o escuchaba por la radio cómo el número de víctimas iba ascendiendo sin solución de continuidad, más impotente me sentía, más nulo, más estéril.

Cuando los lumbreras de las cadenas de televisión se dieron cuenta de que esto era más grave de lo que ellos se creían, fue cuando comencé a ver las imágenes de ese tren descarrilado. Mejor no haberlo hecho.

Sé que durante un par de días cerraré los ojos y discurrirán por mis retinas esa curva ferroviaria, esas sirenas alumbrando la desgracia, el cuerpo de algo más de 70 víctimas reposando su ultimo sueño en medio de hierros y lágrimas,… recuerdos que con el paso del tiempo se irán poco a poco disipando en la memoria.

Todo lo contrario que les sucederá a los familiares de los fallecidos, a los amigos de las víctimas, a los que siguen a la espera de saber si su padre, su hermano o su novia siguen vivos o está muertos,… para ellos su memoria se ha roto en dos ante la incapacidad de saber asimilar la página más dura de sus vidas.         

Yo no soy nadie para entrar a valorar si ha sido un fallo humano o un fallo mecánico, no voy a pedir la cabeza de nadie para que se ensarten sobre sus sienes culpas y responsabilidades, prefiero quedarme con los valores positivos que han vuelto a relucir antes una barbarie como esta.

Porque aunque seamos un país herido, con la desconfianza en la boca y la poca vergüenza ondeando a media asta, han vuelto a brotar la solidaridad, la profesionalidad, la HUMANIDAD del pueblo español, el único tesoro que por ahora no nos podrán pisotear.  

Lo peor es el circo político y mediático que acompañará a todo este calvario junto a la carnaza y el escarnio con el que algunos medios de comunicación hacen su trabajo en busca de la mejor portada, del mejor relato, de la mejor imagen.

En un momento, la vida se nos puede escapar de entre los dedos, mientras nos empeñamos en darla vueltas a cosas absurdas y a silencios incómodos.

En un momento, la vida nos muestra su lado más oscuro, ese que colorea la parca con colores negros mientras que el arco iris se confunde en el horizonte.   

En un momento, la luz de la vida se nos apaga sin darnos cuenta de que no estamos haciendo lo único que podemos hacer: VIVIR.

Me van a disculpar, pero no puedo continuar.

Desde aquí mi más sentido pésame, y un fuerte abrazo al pueblo gallego.

lunes, 22 de julio de 2013

Campamentos



Supongo que alguna vez que otra habrás tenido que dar respuesta a esa sutil pregunta de: “y tú, ¿qué te llevarías a una isla desierta?”  

Tras un tiempo prudencial en el que uno se da cuenta de lo difícil que es escoger algo verdaderamente útil de entre los objetos que nos asedian en  nuestro día a día, al final casi todos mencionamos las mismas cosas terrenales: algún libro para combatir la espera, la foto de algún familiar para mitigar la nostalgia, una rebequita por si refresca por las noches,…

Si el encuestado en concreto tiene raíces scouts, ese tiempo de espera y meditación se reduce de inmediato, ya que aunque haya dejado de guardar silencio cuando el jefe de grupo levantaba su mano derecha en una plaza de campamento, acumula bajo su piel marchas, turnos de guardias y algún que otro susto compartido por las “Noches del Terror”, sabiendo de sobra que en su mochila no podrían faltar objetos tales como un rollo de cuerda de pita, un buen machete, un par de mosquetones,… y un pañuelo que se anudará al cuello y que se denomina pañoleta.

Una pañoleta en cuyo borde podremos encontrar cosida una promesa y un compromiso, tanto con el Movimiento Scout Católico, como con la sociedad en la que estamos inmersos, pues le duela a quien le duela, este grupo -perdón, los miles de Grupos Scouts que hay diseminados por todo el Mundo- es un movimiento que pertenece a la Iglesia, si, si, ¡a la Iglesia!, y se dejan la vida enseñando y educando en valores como el honor, la confianza, la lealtad; el servicio, la alegría, la amistad; la obediencia, el respeto a lo ajeno, el trabajo;...con la que está cayendo.

¿Ustedes creen que las mentes poligráficas de Telecinco han pensado realmente en potenciar, desarrollar y favorecer estas consignas educativas?

Por eso, de sus cuellos, ya están sobrando esas pañoletas.

martes, 16 de julio de 2013

El nombre de Teresa


                     En las alforjas de los suspiros es donde uno va enmarcando recuerdos, gemidos, sonrisas; historias, nervios, miradas; besos, abrazos, caricias;… 

Conforma el rincón más íntimo de nuestra biografía, ese que no compartimos con nadie por miedo a que nos traicionen, y como el mejor escondrijo de nuestra infancia, pocos pueden penetrar en el a menos que un candil de confianza rompa la oscuridad del tiempo.

Cada uno lo organiza, lo decora, lo engalana como buenamente puede, o como buenamente quiere.

Los hay que prefieren dejar en la parte de abajo de ese escondite las lágrimas, con la idea de que broten lo más tarde posible al recordar algo; sé de gente que anuda el orgullo tras el pomo de la puerta, para no tener nunca que encontrárselo de frente; y conozco a una persona a la que hace poco volví a abrazar que ha dejado ese gesto cerca de la papelera del olvido.       

Si me acompañan a mi escondite, háganlo con la luz tenue de la tarde; al fondo, tras la ultimas puerta, en la última ventana de la izquierda podrán ver, amarrados a la cuerda de una persiana morada, el nombre de las personas que ya no cobijan mis miedos.

Hoy me van a permitir que les hable del de Teresa.

Teresa tapizaba mis tardes con pasillos salpicados de virutas de chocolates y barandas de caramelos, manjares que escondíamos bajo un delantal de cuadros para compartirlos en el escalón de la vecina cuando la primavera refrescaba los sueños.

Teresa era la respuesta a tantos por qué, la razón para volver siempre a casa, el portazo que se daba la soledad en la frente al golpearse los nudillos sobre mi puerta.

Teresa era un todo donde nada me faltaba; era el acento al compás de mis palabras; era ese brazo que jamás me abandonaba.

Pero, cuando empecé a robarle los primeros besos al alba, las primeras caricias a las quimeras, las primeras huellas a la noche, Teresa tuvo que soltarme la mano.

Fue ley de vida.

Me contaron que su corazón andaba con paso lento, arrastrándose de cansancio, moldeando latidos con pinceles bañados en espuma de playa con sabor a marisma, hasta que una fría mañana de enero guardó silencio para siempre.

Desde ese día llevo hilvanado su nombre a mis costuras, sabiendo que es su mano esa cuerda que impide que mi cabeza se agache; sabiendo que es su voz la que me susurra nanas cuando el dolor me aprisiona; sabiendo que son sus alas las que juguetean con mis repelucos cuando todo a mi alrededor permanece inmóvil.

Me quedó tanto por aprender de sus arrugas, de sus babuchas oscuras, de su gafas de pasta; de su hábito carmelita, de las discusiones con mi padre, de las riñas con su hermana; de sus silencios, de su ternura, de su devoción por no guardarse nada.

Y hoy, dieciséis de julio, daría lo que no tengo por volver a beber de su fe, esa que no pierde el tiempo en discutir sobre bandas, contratos o martillos; esa que desconoce los caprichos de las nubes y no fusila al mensajero; esa que se pone a bien con Dios, rezándole un rosario de rodillas y comulgando su forma con las manos inquietas por no tocarlo.

Esa es la fe verdadera, la que esta tarde saldrá a la calle para que la Reina del Carmelo no camine sola, la que golpeará con sus abanicos el pecho de sus preocupaciones, las que piden por nosotros olvidándose de pedir únicamente por ellas.

Esa es la fe verdadera, la que presume de creer en un escapulario de tirabuzones, la que vence al tedio y al sudor con un simple vaso de agua, la que deja en manos del destino lo que el destino tiene marcado sobre nosotros.

Esa es fe verdadera,…y a esa fe quisiera agarrarme cada vez que pronuncio el nombre de Teresa, mi abuela Teresa. 

lunes, 15 de julio de 2013

Ser jurado


               Desde hace años, en el bolsillo trasero de mis pantalones llevo doblado un pequeño papel de estraza, dividido en dos columnas y delimitado por una raya blanca, que cada cierto tiempo tengo que repasar.

Esa frontera se repasa con una tiza gastada por los bordes, y con lágrimas o suspiros voy agrandando esas dos columnas en las que voy anotando aquellos oficios para los que sirvo, aquellos sueños que llegan a verse cumplidos o aquellos cálices que de mi vida debo de seguir alejando para poder seguir respirando.

En definitiva, recordatorios que voy haciéndome de lo que puedo y de lo que no puedo hacer con mis miradas.  

Hasta hace unas semanas, el ser famoso ocupaba el primer lugar del ranking de la derecha, ese del que huyo a pasos agigantados.

Compréndame. Cada uno tiene sus manías y sus fobias, y a mí la verdad que vender segundo a segundo cómo suena el ritmo y el compás de mis latidos como que no lo veo.

Y si hablamos ya de que alguien fotografíe mis perfiles… ¡con lo que me costó que me hicieran la foto para el recuadro de arriba, Dios mío!

Como les decía, ese lugar lo dominaba ese objetivo tan tombolero y tan deluxe, hasta que apareció en escena el ser jurado popular, arrebatándole esa primera posición, creo que de por vida.

Pero que quieren que les diga. Es para quitarse el sombreo y aplaudir eternamente la labor de estas nueve personas anónimas en el caso Bretón, pero ser jurado es una de esas experiencias de vida que por nada del mundo me gustaría vivir en mis carnes, porque, ¿quién soy yo para juzgar a nadie, con pruebas o sin pruebas, con ADN o sin ellos, con restos óseos o sin restos, si solo soy un simple ciudadano y apenas tengo conocimientos en leyes? ¿Esa labor no compete a los profesionales del derecho?

jueves, 11 de julio de 2013

Volver a estudiar


             Como ya he contado alguna que otra vez, yo me hice maestro cuando el destino me indicó el camino a base de guantadas sin manos y consejos inesperados que tardé algún tiempo en lograr descifrar; ya ven, para muchas cosas soy algo cabezota, sobre todo cuando se trata de darme a mí mismo un resquicio con el que poder vivir.

Pero lo que el destino no me confió aquella tarde es que para sentirse realizado y obtener una oportunidad para poder dar clases y poner sobre la mesas todos mis conocimientos -pagados con becas estatales-, iba a tener que sortear tantas trabas y tantos silencios. 

Sinceramente, este año he perdido la cuenta. La cuenta y las ilusiones.

Quizás sea el destino el que me está hablando de nuevo y tampoco sirva para esto. 

Quizás me lo está diciendo con la boca pequeña y sin querer mirarme a los ojos.

Pero tras muchos meses de pasarlo mal, de no dormir, de ver cómo mi aire se comía las lágrimas por la impotencia que uno siente al escuchar una cosa un día, y lo contrario al día siguiente, he tomado una decisión, firme y concisa, y con la libertad que me dan ustedes, la voy a compartir aquí.

Le pese a quien le pese, es momento de luchar, de pelear, de combatir hasta que no me queden fuerzas en las alforjas de mis retinas.

Llegados a este punto no me queda otra para demostrarme a mí mismo quien soy sin tener que mirarme en los espejos de un curriculum que algunos despreciaron; bajo la piel que me cubre cada día aun late un corazón cuando se oculta el sol.

Y aunque siga quitándome de en medio para que la sangre no se me caliente al llegar a la boca; y aunque siga guardando silencio para que mi voz no me delate; y aunque siga esperando esa llamada que cambie mi vida por completo, ahora seré yo el que escuche el consejo que a todos mis alumnos siempre les doy: “cómete los libros y demuéstrame quien eres”.   

Veía lejano el momento de tener que volver a sentarme tras una mesa y ponerme a estudiar, de llevar una maleta con folios, cuadernos y lápices, de levantarme temprano y sentir el frio de la mañana, pero las circunstancias que rodean mis latidos son las que mandan, y ahora por lo visto tengo que saber bombear sangre en inglés.

No culpo a nadie. El rencor no tiene cabida en mis bolsillos, y quizás la culpa de todo esto fue solo mía al acomodarme y pensar que con dos carreras ya sería suficiente reclamo para que se fijaran en mí, pero no pasa nada, he aprendido la lección.

Y esta vez voy a disfrutar estudiando, me voy a aprovechar de lo que tengo, de lo que soy y seré; será mi manera de devolverles a los míos la confianza que de nuevo han depositado en mí, y quien sabe si en un par de meses consigo que su Majestad el Rey sienta envidia también de mí.  


lunes, 8 de julio de 2013

Welcome to Jerez


                  Imagínense la escena. Jueves. Mes de Julio. 15:35 horas. Alrededores de la Catedral. El marcador sufriendo consigo mismo para indicar que hacen 39 grados fuera de sus dominios. El silencio trepando por las rendijas de las ventanas para tocar con sus dedos un poquito de aire acondicionado con el que aliviar la calima de la tarde. Calles desiertas y todo cerrado a cal y a canto. No se escucha a nadie pasear por una ciudad que se vuelve fantasma por unas horas.  Perdón, ¿a nadie?

Es en esos momentos cuando si afinas los oídos los puedes escuchar, como espíritus danzando por un paraíso de monumentos levantados con piedras de otro costal, con caras de asombro, con mapas en las manos, y con la sana intención de no interrumpir el santo ritual de nuestra incomprendida siesta.

Ellos ponen de su parte cada año para pasar inadvertidos, pero desconocen que su disfraz les delata: camisa de mangas cortas, estampadas o de cuadros; bermudas hasta las rodillas; mochilas al hombro, y ese toque glamuroso que sólo se consigue con unas sandalias cangrejeras, y unos calcetines blancos o marroncitos que aún no tienen el elástico vencido.

La piel rojita, rojita, a parchetones, y una bolsa de Tío Pepe.

Y yo me pregunto, ¿no se van a poner colorados los pobres míos, si a esas horas no tienen un mísero resquicio de sombra para descansar, una fuente donde refrescar sus agotados cuellos, unos abanicos con el que engatusar al aire, un simple bar abierto para calmar su sed de guiri explorador,…? 

Cualquier día de estos, y gracias a mis nuevos conocimientos en inglés, me acercaré a ellos y les diré que me expliquen cómo le dan coba más allá de nuestras fronteras para venir hasta aquí y que aquí les ignoremos de esta forma.

Mientras ese día llega, seguiré pensando eso de  “no están locos estos extranjeros”.  

lunes, 1 de julio de 2013

El Título



Dicen los entendidos que los maestros, esos que disfrutan de las mejores vacaciones habidas y por haber, son aquellas personas que enseñan una ciencia, un arte o un oficio, y que además poseen un título para ello.

Como conozco casi de primera mano esta afirmación, puedo decirles que estoy de acuerdo en casi todo lo mencionado, inclusive hasta en lo de las vacaciones, pero el gesto se me retuerce en cuanto se menciona eso de poseer un título, pues… ¿qué se sabe de la vida con apenas dos décadas de latidos?

Todos los que hemos pasado por la Facultad de Ciencias de la Educación sabemos perfectamente que ese título, el que se recoge años más tarde puesto que el Rey tiene que entretenerse en fírmalos uno a uno, no tiene validez ninguna en el momento en el que la vida te da la alternativa para poder demostrar lo que sabes -y cómo lo sabes-, a una clase de niños y niñas, ya vengan ataviados con babis, ya vengan agobiados por los primeros barrillos.

Esta sangría sí que debería de cuestionársela señor Wert.

Y todo esto se barruntaba por mi cabeza cuando el pasado martes asistí a la graduación de los últimos alumnos y alumnas de 4º de la ESO del Colegio Nuestra Señora del Rosario, puesto que de su mano supe realmente lo que significaba ser un maestro.

Ese año no me lo pusieron fácil, en especial aquella Wendy que me hizo llorar más de lo debido, pero tenéis que saber que en los más de doscientos años que llevan esas paredes educando, ninguno guardará tantas sonrisas como las que vivimos juntos, puesto que sois únicos, y albergáis en vuestro interior el valor más grande que una persona puede acunar por las noches: el de la humanidad.


De todo corazón, y como testigos las lágrimas del otro día, gracias por haberle dado sentido a mi título de maestro.