lunes, 27 de enero de 2014

Lenguas amordazadas


    Mi amigo Juan es peluquero y pasa consulta durante toda la semana con unas tijeras y con un peine en sus manos allá por la zona sur. Desde que es padre sabe que su vida ya no es la misma, pero mantiene intacto su carácter amable y bonachón que hace que siga siendo buena persona y que yo sea fiel a sus cortes de pelo.

Siempre ha existido complicidad entre ambos y me gusta escucharle hablar porque cuando el pueblo habla a pie de calle, el pueblo se mira a sí mismo sin ambages ni celosías.

El pasado viernes me resultó duro oírle decir que en esta sociedad tan democrática, tan vanguardista y tan liberal apenas existe la libertad de expresión; y si ésta existiera, la estamos utilizando rematadamente mal  

Y creo que mi amigo Juan tiene parte de razón.

Vivimos en una sociedad que avanza a pasos agigantados pero que, a la par que nos aísla, sigue anclada a esa criptonita  que los poderosos, los políticos y los mandamases se guardan en el bolsillo y cada cierto tiempo nos la muestran para que nos echemos a temblar.

Existen algunos valientes que tienen las espaldas cubiertas y pueden dormir con la conciencia tranquila, pero la mayoría de nosotros, cuando defendemos una causa, lo hacemos con la voz entrecortada; no somos libres para decir realmente lo que pensamos, para manifestar públicamente nuestras creencias o para enarbolar una bandera que ondee al viento con lo que nuestra piel realmente siente.  

Por ejemplo, tengo un amigo cura que no puede expresar lo que piensa por miedo a que su jefe lo mande a galeras; conozco a gente que están perdiendo el cuello ante tanta sumisión laboral… y hasta yo mismo a veces llego a casa con los labios ensangrentados de tanto masticar impotencia por el camino de vuelta a casa.  

Pensemos, ¿realmente somos libre?




lunes, 20 de enero de 2014

De repente


          De repente todos los telediarios llevan una semana hablando de ello; de repente todas las tertulias radiofónicas rellenan sus espacios con su nombre; de repente todos los periódicos escriben crónicas con esta nueva hazaña del pueblo;…

Y es que, sin previo aviso y saltándose el guión, de repente sale a escena el nombre de Gamonal, que resulta ser un barrio anclado en Burgos, y ya tenemos montada la primera cortina de humo del año.

Hasta hace dos días nadie sabía de su existencia, y mucho menos que hubiera un barrio con problemas de bulevares y aparcamientos; de hecho, muchos no sabían ni que existía Burgos como tal.

Pero existe, y sus vecinos existen, cacerola en mano y piedra volando, y con sus protestas, sus altercados y sus paralizaciones han conseguido una utopía democrática: esa que dice que los gobernantes tienen que escuchar al pueblo y no solo cada cuatro años.  

Podemos estar de acuerdo o no en sus fines y en sus medios, pero protestando y con pedradas han conseguido que su Ayuntamiento les escuche, que es distinto a que les oiga.       

Desde mi humilde barrio, que también tiene problemas de aparcamiento y que nos sirve de distracción a los vecinos para jugar al tetris cuando nos ponemos el pijama por las noches, va mi aplauso más sincero y sonoro.

Incluso aplaudo al propio alcalde, ese que durante unas cuantas horas se hizo el machote ibérico y que luego rectificó para conservar su cargo y su silla.

Pero al que no aplaudo es al que ha escrito sobre una pancarta eso que dice que “Gamonal somos todos”, porque nuestro carácter sureño nos hace ser especiales y nosotros no tiramos piedras al aire, sino que nos tomamos unas cuantas cervezas y dejamos que los problemas se arreglen solos.     

Desistid, anda, que si no consiguió levantarnos Blas Infante… ¿lo vais a conseguir ustedes?
    

lunes, 13 de enero de 2014

Lágrimas de Cocodrilo


                  El pasado miércoles, mientras me montaba en el coche para seguir con mi rutina de clases particulares, vi la realidad que nos consume.

Una hora antes, al poner mis pies a andar sobre la acera, detuve la mirada en el escaparate que tenía justo a mi izquierda, observando el desfile silencioso de unos cuantos maniquíes ataviados con trajes de comunión – horrorosos por cierto- esbozándose en mi cara una leve sonrisa.

Una sonrisa que surgió tras el pensamiento de que aún era demasiado pronto para visitar esta tienda pues todavía estamos digiriendo polvorones y turrones a la hora del postre.

Y mire usted por donde que, una hora después, para sorpresa de mis pensamientos – y de mis sonrisas-, allí estaban, en el centro de la tienda, presas de la situación y asintiendo a todo con la cabeza unas pequeñas que, en vez de estar jugando con sus muñecas y sus coches de capotas, estaban  las pobres rodeadas de varios familiares probándose trajes frente a un enorme espejo.

La situación me pareció cuanto menos chistosa y consiguió que me hiciera la misma pregunta de siempre: ¿de dónde saca la gente tanto dinero?

Dios me libre de indicarle a cada uno en qué debería de gastarse su parné,  pero creo que todos deberíamos de ser más consecuentes con lo que decimos y luego hacemos, aunque si algo estoy aprendiendo de esta puñetera crisis es que al ser humano le encanta llorar.

Puede que sea cierto eso de que no se tiene dinero, aunque en el fondo tengamos para pagar todos los vicios; puede que estemos con el agua al cuello, pero no nos privamos de nada; puede que haya familias que lo hayan pasado mal estas navidades, pero escucharemos sus lágrimas y sus lamentos ahora, una vez que todo está gastado y consumido,…

Todo seguirá igual mientras tengamos lágrimas de cocodrilos que secar. 

domingo, 5 de enero de 2014

Querido Reyes Magos


   Esta tarde que volveréis a regar con ilusión las calles de mi ciudad, que vuestro cortejo estará formado de nuevo por el paso inocente de los que a la vuelta de la esquina están despertando a la vida y que repartiréis regalos y caramelos -a diestro y a siniestro- desde la atalaya de vuestras carrozas de ensueño,… esta tarde volveré a creer en vosotros.

Después de algunos años dándole la espalda a vuestro milenario reinado, esperadme que iré a buscaros bien temprano.

Supongo que no hará falta que cierre los ojos y pregunte por ustedes, puesto que la magia que envuelve estas horas sabrá indicarme el camino para ir a vuestro encuentro.

A pesar de mi edad jamás os he olvidado, y probablemente este sea el año que más os necesite al llegar el fin de la Navidad; la luna ha cumplido con creces su encargo, ese de barnizar con ilusión a todo aquel que respire algo de humanidad, desde el más grande hasta el más pequeño, desde el más inocente al más canalla, desde el más incrédulo al más creyente,… y a mí me ha rozado con su varita mágica.

La carta con mi único deseo os la escribí con algo de demora, pero solamente ustedes podréis cumplir con el favor que este año os he pedido en ella; os aseguro que es fácil de buscar, es fácil de envolver y es fácil de regalar.

Eso sí, mirad bien el remite puesto que mi dirección ha cambiado, como tantas cosas en tan poco tiempo, y aunque este año no vea esa montaña de regalos con su nombre durmiendo sobre una esquina del sofá, ni rellene sus zapatos con caramelos de vuestra cabalgata, ni escuche su voz ni calme sus nervios desde las 7 de la mañana,… decidle 
que la echo mucho de menos.

Queridas Majestades, solo ustedes podéis devolvérmela.