lunes, 24 de febrero de 2014

Golpe de Estado


Crecí con la frase esculpida a fuego en los labios de algunos maestros y admirados escritores que dice aquello de que un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla.

Cada vez que la escucho me acuerdo de aquel profesor de Historia al que le dije que los pueblos pasan olímpicamente de su propia historia y lo que menos le gusta hacer a un sociedad es girar su cabeza para ver el camino que va dejando tras de sí.

Quince años después sigo firme en mis convicciones.

La prueba la tengo en la efemérides que se celebra hoy, ya que estoy seguro de que pasaría inadvertida para la mayoría de nosotros si no fuera por el bombardeo que los medios de comunicación le darán desde primera hora de la mañana.

Supongo que a algunos estamentos de poder les interesará que no nos olvidemos lo que pasó aquel 23 de febrero del año 1981, pero permítanme que me quede con lo esencial: los gritos de Tejero y los disparos que aún se conservan en el Congreso de los Diputados.

Ojalá llegue el día en el que la historia de este pueblo se repita, y lo digo con toda la conciencia del mundo, cambiando a la guardia civil por los millones de parados que a gritos tomarían las calles para llevar a cabo una revolución sin precedentes en nuestros país.

Ojalá que el monarca se revista al fin de orgullo y satisfacción, y desde un balcón de la Zarzuela tome el mando de esta sublevación en vez de desautorizarla.

Y ojalá que el actual presidente de esta nación acepte sus errores y pase a mejor vida, acompañado a un lado del líder de la oposición y al otro lado de la corte de políticos 
ineptos y ladrones que conforman su gobierno.

Ainsssss… eso sí que sería un golpe de estado. 

lunes, 17 de febrero de 2014

Días de fiesta


Apareciste en mi vida de repente, sin apenas hacer ruido, caminando de puntillas para no despertar a una mañana que se estaba vistiendo de festejos con los pliegues de tu mirada.

El camino que hemos recorrido desde entonces no ha sido fácil; ha habido miedos y dudas que como buenos seres humanos pidieron refugio en nuestras cinturas y hemos sido cómplices el uno del otro para taparle la boca a unos cuantos envidiosos que jamás le ganaran la batalla al sol cuando éste se pierda por el horizonte.

Podría contaros cómo es la mujer que la vida me ha regalado, pero permitidme que guarde silencio para seguir anclándome a sus manos cuando la multitud ocupe las calles y dejadme que busque el roce de sus dedos en el momento en el que las aceras caminen vacías.

Me siento el ser más grande de la tierra cuando estoy a su lado, y cuando estoy a su lado me falta tierra por muy grande que ésta sea para poder sentirla.  

Sus ojos son la armadura que protegen a los míos, en su boca encuentro el arrojo para enumerar mis fallos y su corazón sigue latiendo al compás del mío cuando las sogas aprietan nuestros cuellos y retrasan nuestros sueños.

En sus palabras encuentro consejos, en sus abrazos esquivo al frío y en mis arrebatos se acomoda el aire necesario para seguir respirando.  

Desde que apareció en mi vida, recorro las cicatrices de mi piel con la luz apagada y a la sombra de sus caricias, de sus sonrisas, de sus andares; de sus susurros, de sus pellizcos, de sus lágrimas;…

Un día cualquiera como el de hoy quiero que sepan que en el calendario de casa los días están enmarcados en rojo con la tinta de su nombre, porque desde que entró en mi vida, todos los días son días de fiesta.

lunes, 10 de febrero de 2014

La verdadera iglesia



                      De pequeño me enseñaron la diferencia que existe entre la Iglesia como institución y jerarquía y la iglesia que se da entre un grupo de personas.

La que se escribe con i mayúscula (I) hace referencia al edificio físico en sí, ese que sólo pisamos en bautizos, bodas, entierros y comuniones, mientras que la que trazamos con la i en minúscula (i) se corresponde a la que se da cuando un grupo de personas se reúnen en torno a la figura de Jesucristo.

Algún erudito en la materia tomará la palabra para corregirme y para indicarme que mis pasos andan equivocados, pero por mi experiencia de vida he dejado de creer en esa Iglesia que esconde sus miserias en cepillos con candados para acercarme más a la otra, esa que componen miles y miles de creyentes que se adhieren al anonimato para ayudar al prójimo sin pedir - ni recibir-, nada a cambio.

Les hablo de los que dejan su casa y su familia durante un par de horas al día y se van a dar de comer a los que por avatares de la vida perdieron su norte.

Les hablo de los que se acercan al verdadero Jesucristo de nuestros días, esos que duermen sus vergüenzas entre cartones y harapos mientras los demás nos creemos mejores personas porque la suerte nos ha sonreído de distinta manera.   

Les hablo de los catequistas, sobre todo los de confirmación, esos que trabajan a pie de campo, en las trincheras de la juventud  con las únicas armas de la palabra y la fe para dar a conocer a un Dios que a veces nos retuerce los caminos entre piedras y más piedras.


Desde aquí os doy las gracias por vuestra entrega, vuestro compromiso, vuestra paciencia… y sabed que gracias a vuestra labor la huella de Jesús conformará los cimientos de la verdadera iglesia.

lunes, 3 de febrero de 2014

Apretar los dientes


                  La vida, ese regalo del que no somos merecedores, se acuesta a los pies de nuestra cama siendo muy injusta en las noches de luna llena.

Algunas veces se pasea por entre suspiros y abrazos dejando un aroma de impotencia y de rabia a su alrededor, y se jacta de ir marcando cicatrices que tardan en curarse.  

Una de ellas acaba de nacer sobre la piel de Teresa.

A sus veintipocos años cumple con el mandato de perseguir su sueño yendo a una universidad fría y desangelada para graduarse -algún día-, como una abogada que pueda defender a los demás, sin que nadie la defienda a ella.

Hace eso que los profesores tanto demandan en los alumnos de hincar los codos, desde bien temprano hasta bien tarde, saliendo de su cuarto solo para respirar y para almorzar. 

Por su sangre lleva la constancia, eso don que tanto le envidio y que hace que sus notas, año tras año, la hagan sentirse orgullosa de sí misma y de sus innumerables esfuerzos.  

Y como premio a toda esa labor de formación y de educación el Estado ha tenido a bien el otorgarle una beca de 60 míseros euros.

Si no lo han leído bien, se lo vuelvo a repetir: ha recibido 60 euros.

Estimado señor Wert, me gustaría que abriera los ojos de una puñetera vez y que dejara de mutilar las ilusiones de los que como esta estudiante no se gastan el dinero de su beca en el Zara o en el Bershka porque aprendió de pequeña que dos más dos pocas veces son cuatro.  

Hay gente que nace con estrella y a ti a mí, querida Teresa, solo nos queda luchar para que no nos pisoteen, rezar para que nuestro Dios nos escuche y hacer lo que tu abuela y mi madre tanto nos enseña cada día: apretar los dientes.