domingo, 27 de julio de 2014

Hace 23 años...


… mi vida cambio por completo. Mi piel y mis latidos apenas llevaban once años de idilio en esta tierra cuando vi tu carita por vez primera en un nido de hospital.

Llegué hasta ti con los nervios en la boca y la inocencia del silencio en la mirada, intuyendo que desde ese instante serías algo más que la niña de mis ojos.

Estabas dormida, soñando con tardes de albero y con capas con olor a  incienso de Martes Santo, y al rozar tus mofletes rosados, nos dijimos de todo sin apenas decir palabra.

La primera vez que te tuve entre mis brazos desenvolví uno de esos regalos que la vida de vez en cuando nos ofrece, justo cuando el corazón late con más tristeza si cabe; y desde aquel primer biberón que te di -con miedo a que te atoraras-, mis noches se visten de festejos, entre izquierdos que rompen los pasillos de nuestra fe y el tono de una simple copla que hace que al escucharte se dibuje la sonrisa más sincera del día.

Te he visto crecer desde la atalaya del orgullo, desde el aplauso eterno a tu constancia, desde el saber que al menos he hecho algo bien en la vida.

Quisiera detener el tiempo y llevarte de nuevo adosada a mi sombra, cogerte en hombros y recorrer descalzos la orilla de tu infancia, contarte el cuento del que nunca llegábamos a saber el final,…pero te me haces mayor en cada bocanada de aire.

Sabes que soy de naturaleza imperfecta, y si alguna vez tuviste la sensación de que he sido injusto contigo o con tus circunstancias,… desde aquí te pido perdón; todo lo que hago es por tu bien, nunca por el mío.

Si quieren otro día seguimos desde aquí arreglando el mundo, pero hoy permítanme que me detenga en el mundo de Teresa.

Muchas Felicidades.



domingo, 20 de julio de 2014

Volvieron a mirarse


Dicen algunos entendidos que en el bullicio de una calle estrecha no se puede rezar…
       
Tras unos cuantos años esquivando las miradas, el destino puso fecha al encuentro. Ambas -sin saberlo-, llevaban echándose de menos el tiempo suficiente para que la arena de los relojes de la ciudad se fuera desgastando, gota a gota, grano a grano,… haciendo más tardía la espera cada vez que una de las dos se negaba a ir al encuentro.

El orgullo, ese veneno que de pequeño juega con nosotros cuando estamos a solas, les ganaba la partida -año a año-, a las dos, porque en esta historia  ambas eran culpables a partes iguales.

En el fondo las dos sabían que de volverse a mirar, deberían de hacerlo sin ambages ni celosías de por medio; sin rencores ni deudas acumuladas; sin que la voz de una tapara los silencios de la otra…

Se tenían que contar tantas cosas…

Se tenían que alegrar por tantas cosas…

Se tenían que echar a llorar por tantas cosas…

Y aquella tarde, con la caló como testigo, un sorbo de agua en los labios y una abanico golpeando las arrugas de un viejo escapulario, ambas se volvieron a mirar.  

Y hablaron, hablaron de las ausencias, de los desgarros del alma, de las heridas que no supuran al marcharse la primavera; rieron al verse reflejadas en los olvidos, en la distancia que la soberbia puso entre ellas, en los rescoldos de las lágrimas que sin evitarlo de vez en cuando acunan los sueños; recordaron las penas al escuchar ciertos latidos esquivos, al saber que las preguntas seguían sin tener respuestas, al ver como la vida es eso que uno vive, no aquello que a uno le cuentan;…   

Y todo tuvo lugar el pasado dieciséis de julio, en el bullicio de una calle estrecha, donde dicen algunos entendidos que no se puede rezar…

domingo, 13 de julio de 2014

Gora San Fermin


            El verano al fin se ha puesto el traje de baño y las chanclas de deitos cuando por los cielos de Pamplona surca ese cohete -llamado por aquellos lares chupinazo-, con el que nuestros vecinos del norte dan comienzo a su particular fiesta de los toros.

Dejando al margen algunos comentarios absurdos que la presentadora nos ha ido regalando cada mañana -muchacha, si no sabes torea, pa que te metes-, me quedo con varios detalles de los encierros de este año.

Supongo que a la Televisión Pública le habrá sido rentable todo el despliegue llevado a cabo para enseñarnos los padrastros de los corredores, el adoquinado de la calle Estafeta y los partes de guerra tras cada encierro, bien desde los puestos de guardia, bien desde el hospital de turno.

Pero por muchos planos que me pongan en HD,…hay cosas de esta fiesta que no logro entender.

Y no las logro entender porque no me entra en la cabeza qué tiene de emoción salir a correr enfundado en un pantalón largo -algo incómodo por cierto-; llevar en la mano un periódico enrollado -algo inútil por cierto-; y protegerse el cuello con un pañuelo rojo a sabiendas que detrás de ti vienen 6 morlacos que la única intención que traen entre sus pitones es la de defender su vida.

Los puristas me invitaran a que viva la fiesta, no a que la entienda, pero… ¿lograré entender esa necesidad que tenemos de regodearnos en la sangre, en el dolor ajeno, en el sufrimiento lejano?

¿Lograré asimilar que emoción supone ver a un toro cornear por los aires a alguien como si fuera un muñeco de trapo?

¿Lograré reconocer que ahí reside la idiosincrasia de ese pueblo y que alguien del sur no puede criticar esa fiesta?

Creo que con el tiempo lo lograré, pero… ¿harán ellos lo mismo con nuestras fiestas?


domingo, 6 de julio de 2014

No caminamos solos


           Hace un par de días surgió la posibilidad de hablar sobre la amistad en los micrófonos de Estilo Sevilla; al dejar atrás ese cielo azul pintado con el alma, sobre mi cabeza seguía latiendo la pregunta: ¿qué le pedimos a una amistad?

Tras varios días pensando, los adjetivos de fidelidad, lealtad, confianza y sinceridad se sienten ganadores y sacan pecho por repetirse en cientos de posibles respuestas, aunque en la mía aparezcan en un segundo plano.

Y se da esta circunstancia porque yo a una amistad sólo le pido una cosa, y es que me permita ser yo siempre, con todas las circunstancias que llevo en mis alforjas, con los defectos y virtudes que perfilan mi carácter, y con mi forma de entender este regalo al que llamamos vida.  

Cuando se llega a cierta edad, uno ya conoce las dobleces de su alma, y sabe perfectamente con quien desea compartirlas, de quien se necesita un abrazo y de quien se espera que traiga un pañuelo envuelto en sonrisas.

Pero no hay edad fija para que uno pueda conocer a alguien y preguntarle simplemente cómo se encuentra, cómo ha pasado la noche o si los agobios de la tarde se han ido por la ventana al amanecer, puesto que pocas veces uno camina sólo.  

Una amistad brota del aliento y de saber escuchar, de mirar a los ojos y de verte en ellos reflejados, de sentir que el tiempo se detiene en cada risa o en cada llanto.

Una amistad nos ayuda a ver las cosas de distinta manera, nos regaña cuando lo necesitamos y nos tiende una mano para que respiremos si nos quedamos sin aire.

Una amistad nace de la admiración, crece en la preocupación y se cubre de recuerdos y nostalgias.    

Como dijo Sir Francis Bacon la amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad…