sábado, 28 de marzo de 2015

Escenario de ensueño


Hoy es Domingo de Ramos, y las palmas de la pasión han cuajado un cielo de ilusiones sobre el horizonte de la espera. 

Para los creyentes, el fin último de los rezos comenzará a desfilar por el sendero de los labios al ver la sombra del Hijo de Dios sobre las esquinas de los barrios; cuentan que le gusta poner sus heridas al sol para que las miradas supuren su escarnio.

Para los no creyentes, el tiempo les abre sus puertas para que se den un respiro y se vayan a coger olas a Tarifa o a broncearse la piel a los Caños... Salud.

Y para la ciudad... 

Para la ciudad es una manera de encorsetar entre palcos todos los defectos que tiene; de ver esa caspa que se queda a vivir sobre nuestros hombros y no somos capaces de sacudirnos; de mirarnos a la cara y preguntarnos ese intento de ser y no poder porque no queremos darnos cuenta de lo que realmente somos.

Pero a pesar de recibir cada día golpes y más golpes sobre las entrañas de sus cimientos, de sentirse pisoteada por propios y extraños, por tener que soportar el latido de algunos cobardes con mala baba, nuestra ciudad no es rencorosa, y abre sus adoquines de par en par para que vayamos a verla, a vivirla, a saborearla... 

De hecho, a estas horas se habrá terminado de maquillar. De perfumar. De gustarse para ver su sonrisa reflejada en los escaparates del centro.

Tendrá cita con los duendes de la noche para acomodar los pellizcos del aire, esos que rematan con filigrana los sentidos al pintarse la luna.

Pondrá en blanco el bolsillo de los recuerdos para que la nostalgia escriba  con susurros aquello que heredarán los nuestros cuando pasen los años.


Y es que -cuando Dios eligió donde quedarse a morir-, buscó un escenario de ensueño. 

domingo, 22 de marzo de 2015

Desde la luna


Cuando elegí ser maestro escuela sabía que muchas cosas con las que no comulgo en mí día a día me las tendría que ir tragando, más que nada porque a fin de mes uno cobra una nómina contante y sonante, y ese dinero hace cambiar de opinión al más pintado.

Y en mi caso mucho más, porque como siga así la cosa voy a tener que ser yo el que pague por ir a trabajar. 

Pero les decía que hay cosas que tengo que asumir por válidas dentro de mis ideales como docente -por miedo o sumisión-, como por ejemplo el que en las escuelas perdamos el tiempo en celebrar efemérides tales como el Día de la Paz -con su correspondiente suelta de palomas- o que festejemos el Día de Andalucía bajo el eco de sevillanas y dándoles de comer a los niños su correspondiente pan con aceite. 

Es tan ridículo y carente de creatividad que luego así nos luce el pelo.

Pero la palma de esto que les cuento hoy se la lleva el “Día del Padre”, puesto que competir contra El Corte Inglés y su catálogo de regalos es complicado, máxime cuando los recursos que nosotros tenemos en el aula se basan en cartulinas, tijeras, colores, pegamentos,… y unos alumnos que se están criando en la era digital.

Pero el jueves pasado -día de San José- la saliva que tragué al finalizar el regalo de este año tenía un sabor especial.

Vino de un alumno huérfano de padre.

Al ver su marca-páginas acabado, se le iluminó la cara.

Y al preguntarle varios compañeros que dónde lo iba a colocar, él nos confesó que lo pondría pegado en la ventana de su cuarto, porque desde allí se ve la luna y su papá -que estaba allí-, lo vería todos los días. 


Ante respuestas así… ¿Entendéis ahora porque me hice maestro?

domingo, 15 de marzo de 2015

Ganas de vomitar


De entre las muchas cosas que no soporto de un político hay una que nada más verla me araña las tripas; lo siento por ellos, pero es ver esa imagen que proyectan ante nosotros al llegar las campañas electorales, y me entran ganas de vomitar. 

Vomitar porque las mentiras se multiplican cuando hablan de manera exaltada en esos mítines que con tanto glamour y cariño preparan los afines a su partido. 

Vomitar porque no son capaces ninguno -absolutamente ninguno-, de aceptar sus fallos, reconocer sus errores y borrar de sus labios ese "y tú más" con el que escurren el bulto y miran la viga en el ojo del político ajeno. 

Y vomitar, sobre todo cuando paseo por las calles de mi ciudad y veo que sus paredes, sus farolas, las marquesinas de los autobuses,... están inundadas de fotos a todo color donde brillan esos eslóganes tan origínales y esas malditas sonrisas irónicas con las que pretenden darnos coba para seguir alimentando sus bolsillos y sus paraísos fiscales.

Seamos fuertes. Intentemos pasar de largo. Ignoremos y olvidemos esas impolutas sonrisas.

Porque de no hacerlo, caeremos en el juego que nos proponen cada cuatro años, cuando todos estos sinvergüenzas -capullos, gaviotas y especies sin clasificar- se dan la mano para salir juntos de sus cloacas, con la cara lavada, el discurso bien aprendido y las promesas una vez más maquillando sus palabras.

Juego en el que por cierto nosotros sólo somos piezas de atrezo, simples convidados de piedra, votantes que asentimos con la cabeza mientras nos pisotean la dignidad, la esperanza, el trabajo,… y donde nunca ganaremos, hagamos lo que hagamos, votemos lo que votemos,… puesto que las reglas de este juego siempre las determinan ellos.


El día que encuentre a un sólo político que no se ría de mí en mi cara, ese día prometo recoger mi vomito de la calle.

domingo, 8 de marzo de 2015

Seguid escribiendo...



Es lo que pretendo cada semana desde el rincón de este Diario. Escribir. Con el pretexto de un título y un puñado de palabras en los bolsillos, me gusta colarme ante tus ojos y dejar que sea tu voz la que le ponga acento a mis latidos.  

Unas veces con más acierto. Otras con menos. Pero con el objetivo de que siempre que leas algo mío, no te haga falta mirar mi nombre para saber quién te está susurrando a los oídos.
      
Y con el de hoy van cien domingos dejando entreabierta la puerta de mis escritos.  

Entre estas líneas me he desahogado, he ajustado cuentas con el destino y  me he despedido de amigos y familiares hasta siempre; he llorado masticando rabia… y he masticado tanta rabia que a veces me han hecho hasta llorar; me he perdido, me he encontrado y -como buen hombre que soy-, me he vuelto a perder.

Para un simple junta-letras como yo, es mucho más que un regalo el saber que tan sólo una vez -sólo una vez-, hayas detenido tus impulsos en esta columna.

Házmelo saber, y siempre estaré en deuda contigo por eso.

Pero no hay nada que me haga especial. No hay ningún secreto en esto que hago. No hay nada que ocultar. Sólo levanto la vista y rebusco más allá del horizonte.

Yo solo te cuento cómo se ven las cosas desde un viejo barrio, desde una vieja casa, desde una vieja ventana que guarda la esperanza de verme marchar algún día.

Y llegado a este punto del camino, me doy cuenta de que me queda mucho papel aun por emborronar. Que éste sólo es el comienzo de un tardío final. Que soy mucho más que aquello que figura bajo los títulos que guardo bajo mi cama,…

Mis huellas han querido detenerse así para seguir tomando aire.  


Te espero el próximo domingo…

domingo, 1 de marzo de 2015

Así nos va...



Se estaba tomando su tiempo pero ya paso -al fin,- el último día del mes de febrero, y tras él la celebración absurda que trae este día bajo su brazo; el ser, demostrar, dejar claro a los cuatro confines del mundo que los andaluces somos los más andaluces del año… veinticuatro horas al año, claro.

Para muestra, paséese por las redes sociales de cualquier hijo de vecino de esta tierra que nos vio nacer y ya me dirán si llevo o no llevo razón.

Oye, y que parece ser que si no te unes a esta exaltación de la sangre verde y blanca, y si no mencionas algún párrafo del tan manido himno de Blas Infante y si no defiendes tu personalidad de ciudadano del sur a través de una copla de carnaval,… es como si no quisieras a tu madre.

El resto del año, da igual que sirvamos de mofa y de cachondeo de medio mundo, pero ojito que en nuestro día, desde Huelva hasta Almería nos damos golpes de pecho para decir: ¡aquí están los tíos!

Y yo pregunto…

¿Sirve de algo ser andaluz?

¿Sirve de algo callar y callar ante una panda de políticos corruptos que nos gobiernan con esa hipócrita sonrisa que a mí personalmente me hierve la sangre?

¿Sirve de algo hacer que los niños en los colegios se coman un mollete con aceite y que se pinten la cara con los colores de una bandera que cada vez que ondea su acento por el presente de estos aires maldice su pasado y se echa a llorar mirando su futuro?

Si hubiéramos nacido en Murcia o en Alicante, ¿defenderíamos esa tierra a muerte de igual manera no?


Vosotros seguid pidiendo tierra y libertad, vosotros seguid pidiendo que nos levantemos, vosotros seguid pidiendo que seamos aquello que en su día fuimos que por desgracia… así nos va…