domingo, 26 de abril de 2015

Para otro lado


Se abre el telón y se ve un precioso plató de televisión con sus focos, su público y un presentador con gafas de pasta; en el centro encontramos una mesa alargada, y sobre la misma mesa tres objetos a elegir.

Es un concurso muy sencillito y con sólo dos reglas: el concursante puede ser un ciudadano cualquiera,... y el presentador no puede poner en duda la elección que éste lleve a cabo.   

De esta manera -comienza diciendo el presentador- el primer objeto que presentamos es un apartamento con vistas al Mar Mediterráneo; ideal para tomar conciencia de que el mar se está tragando a personas, no sólo a inmigrantes.

El segundo objeto es una llave de la cárcel de Puerto III, a donde el ciudadano puede mandar a los políticos corruptos que nos están saqueando el dinero y las ilusiones, tales como los Griñanes, los Chaves, los Rodrigo Rato,…

Y el tercer objeto a elegir es un desvencijado sillón, recogido de la basura, ideal para que el moho se quede a vivir en él.

El concursante -tras un breve silencio-, dice con voz rotunda:

- Visto lo visto, me quedo con el sillón.

- ¿El sillón?, pregunta asombrado el presentador, rompiendo así una de las reglas del concurso.

- Sí, sí. El sillón. Lo tengo clarísimo.

- Y,… ¿podría decirme porque elige usted el sillón? -Sugiere el presentador con la cara desconcertada y la mirada repleta de sorpresa.

- Pues muy sencillo. Lo del apartamento del Mediterráneo me pilla algo lejos, la verdad; lo de la llave de la cárcel está muy bien, pero a mi mientras que no me quiten la Champions… como que todo me da un poco igual; por eso me quedo con el sillón, para poder echar mi siestecita y seguir mirando para otro lado.

Y ante el aplauso generalizado del público asistente, el telón se cerró.     

domingo, 19 de abril de 2015

¿Cómo le va?


Como cada tarde -a eso de la hora del café-, lo veo asomarse a descubrir el horizonte desde el balcón de su casa.

Es el vecino con más arrugas de mi barrio. El más gruñón y el que más balones se quedaba cuando estos se embarcaban. Pero también es el más sabio cuando con su palabra conjuga consejos.

Hace ya años que no sale a la calle. Sus piernas no le permiten dar una vuelta por la que fue -y sigue siendo- su ciudad, la misma que tardó poco en olvidar su nombre cuando una mañana giró la esquina del tiempo.

Dice que se fatiga con facilidad, que el destino puede ajustar cuentas con su cadera y que muchos de sus enemigos pagarían por verlo aferrarse a un bastón de madera. 

Pero le queda la memoria para vivir, y el sentido del orgullo para respirar.

Alguna vez me subo a hacerle compañía; él se fuma un cigarrillo y yo preparo la respuesta a la pregunta de ¿cómo le va a la ciudad de mis amores?

Intento disimularle la realidad que nos rodea -para no hacerle daño a su nostalgia-, pero se cruza de paciencia, guarda silencio y me deja tiempo para herirle el alma con la verdad.

Porque le tiene que hacer daño saber que la ciudad camina errante por los pasillos del querer y no poder.

Que ahora todo se reduce a un pasillo de la fama, a que cientos de carteles con sonrisas de mugre tapen las grietas de las barriadas, a que el real de la feria sea el escenario donde la realidad se maquille y baile a su antojo.

Comercios con el cartel de se acabó en la puerta. Tristezas que anidan la cola del paro y la de la Universidad. Ilusiones ahogadas por la impotencia;…


Si me duele a mí decirlo… ¿Qué sentirá él al escucharlo?

domingo, 12 de abril de 2015

Escuchar la verdad


               Reconozco que al llegar la Semana de Pasión desactivo el modo observación en el que constantemente vivo, y me dejo arrastrar por todo aquello que mi piel y mis sentidos son capaces de percibir a pie de calle.

Pero antes de que volvamos a destripar la cruda realidad que nos ahoga el alma día tras día, hay un pensamiento que quiero rescatar del tintero de las observaciones.

Y es que, en la masa de la sangre del ser humano, hay una cosita que deberíamos de hacernos mirar  -incluido yo-, y no es otra que la de escuchar la verdad,…y por ende, aceptarla.

Da igual la verdad que sea y como sea.

Si viene maquillada o con arrugas.

Si llega a tiempo o a destiempo.

La verdad es la  que es… y por eso es la verdad.

Resulta curioso cómo se la reclamamos a los políticos, se la exigimos a nuestros alumnos, se la pedimos a gritos a nuestros compañeros de viaje,… pero en cuanto que nos llega a nuestros oídos una frase en forma de verdad desnuda, encendemos todas las alarmas de nuestro alrededor pensando que nos están faltando el respeto.

Decir la verdad no es faltar el respeto; y echarle la culpa al que os la confiesa de manera valiente no es el primer paso para aceptarla.

Porque eso es lo primero que hacemos cuando alguien -mirándote a los ojos- nos pone los puntos sobre las íes: atacamos, desprestigiamos, despreciamos,…

Si lo piensas, de seguro que se te viene a la mente algún ejemplo de esto que os cuento hoy; y de seguro que aun te acuerdas de cuál fue su primera reacción.

Mis ejemplos me los reservo, porque ya tienen suficiente castigo con soportar la cruz que su verdad trae consigo.


Al menos les dije realmente lo que pensaba acerca de su verdad, pero lamentablemente ellos nunca quisieron escucharme.

domingo, 5 de abril de 2015

Durante esa semana...

              En el calendario de mis días hay una semana que respira por si sola sin necesidad de que la remarque con tinta roja, pues su latido es la que mueve desde siempre el pulso de mis pasos.

No es una semana cualquiera. No es una semana más. No es una semana que pueda pasar desapercibida ante mis ojos. 

Y no lo es porque esa semana encierra el principio y el fin de mis conversaciones, el pozo donde se pierden mis desvelos, el espejismo donde se hacen realidad mis humildes quimeras.

Durante esa semana, desconecto del mundo real -ese que sigue viviendo a espaldas del ser humano-, y me lanzo a respirar el soplo de mi yo interior, con preguntas sin respuestas y silencios que son la mejor respuesta ante cualquier absurda pregunta.

Durante esa semana, mi casa pierde su aparente orden lógico y se ve inundada de ropa en las sillas, de toallas a medio secar, de estampitas que alguien quiso regalarme bajo el anonimato de su caminar,… conformando una fotografía a la que sólo le falta el color sepia para que se cosa al hilo de la memoria.  

Durante  esa semana, envuelvo mis miserias entre corbatas y prisas,  anudo mis mejores intenciones a mis rezos y me pierdo por las callejuelas de los sentidos, por los rincones de la nostalgia, por las esquinas de una ciudad donde el sol tatúa con sombras el perfil del aire para que las lágrimas broten con sentido.

Durante esa semana…

Pero esa semana de la que les hablo, se me escapó de entre los dedos sin apenas darme cuenta.

Y lo hizo sin hacer ruido, despidiéndose de mí con un leve beso de amanecida, templado, lacónico,… y dejando sobre mi piel un olor a calma reposada que me permitirá seguir cerrando los ojos y perseguir mis sueños.


Ahora me queda escribir todo lo vivido… durante esa semana.