domingo, 29 de noviembre de 2015

Buhoneros on Tour



                Desde hace un par de semanas, la búsqueda del voto por parte de los grandes líderes políticos de este país ha dado comienzo, abriéndose de esta manera una carrera de fondo donde los veremos reír, confundirse con el pueblo llano y hasta llorar si la ruta a seguir así lo establece.

La campaña electoral ha comenzado, y está en juego no sólo el presente de este país, sino las llaves del adosado de Moncloa.

Ya se han colado como buitres carroñeros en diversos programas de ocio y entretenimiento, refugios a los que la gente normal acudimos para aparcar los problemas por un rato y que por ganar datos de audiencia prestan sus focos a estos personajes sin escrúpulos.

Así, el presidente de este país ha comentado un partido de fútbol en la radio -amén de darle una colleja a su hijo-; el líder de la oposición se ha sentado en el diván de Bertín Osborne para desgranar lo dura que ha sido su vida;… y los nuevos aspirantes andan babeando por todas las cadenas en busca del indeciso perdido.

Pretenden  “acercarse al público y humanizarse”, pero he dejado de creer en ellos, en sus palabras, en sus promesas, inclusive en las mentiras que disfrazan entre maléficas sonrisas.

Porque cuando ganan elecciones, se olvidan de aquella vecina a la que le prometieron arreglarle el techo apuntalado de su cocina.

Porque cuando llegan al poder, ignoran a aquellos padres de familia a los que le prometieron una ayuda, un trabajo, un motivo para seguir luchando.

Porque cuando son los que mandan, dejan las fronteras abiertas para que miles de jóvenes tengan que colgar sus ilusiones en la mesita de noche de una casa en el extranjero.

Abran bien los ojos y no se dejen engañar por estos charlatanes de feria que -por un voto-, son capaces de envenenar a su propia sangre.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Cajas de cartón



Desde pequeño se empeñan en repetirnos que la vida es maravillosa, que apenas son dos amaneceres y que tenemos que ser nosotros mismos a cada segundo, a cada instante… porque si no, la propia vida se nos escapa de entre las manos.

Pero por desgracia algunos días respirar cuesta mucho trabajo. 

Cuesta porque la vida es el alambre por donde caminamos los seres humanos, y no hay peor huella en este mundo que la de la propia humanidad.

Cuesta porque tendemos a pisotear la cabeza del prójimo cuando el miedo se alía con la envidia y los reproches.

Y cuesta porque no sabemos pedir perdón, ni agachar la cabeza, ni reconocer nuestros errores,… y el tiempo va enquistando en humedades los cerrojos del orgullo.

Pero a pesar de todos estos desencantos, hay momentos que merecen la pena vivir.

Son aquellos que caben en una caja de cartón, como el primer beso robado de la persona que amas, como la mirada de tu padre la primera vez que te caíste de pequeño, o aquel abrazo eterno  que te dieron tus amigos cuando la soledad jugueteaba con el frío de las noches.

Es en esa caja donde cada uno de nosotros va guardando las canciones que más nos hacen sentir, las inquietudes con las que rellenamos nuestro tiempo libre, los suspiros que pocas veces van a parar al fondo del mar.

En las esquinas de esa caja, algunos sueños van cogiendo polvo al quedarse rezagados,… y otros son tan grandes que hay que cambiar de caja para poder guardarlos.  

Habrá papeles con fechas, agendas repletas de tachones, libros pendientes por leer; cicatrices que jamás supurarán, espejos que apenas queramos mirar, mensajes imposibles de olvidar; habrá fotografías ausentes, rezos y secretos confidentes, lugares pendientes de visitar;…

Y habrá olores, sensaciones, nostalgias; consejos, sonrisas, lágrimas; versos, poemas, palabras;… 

Y ahora dime ¿tú qué guardas en esa caja?

domingo, 15 de noviembre de 2015

No hay derecho



El derecho a la Vida es el derecho fundamental que tiene todo ser humano a que se respete su existencia, independientemente de cual sea su raza, su credo, su religión,… y que sólo debería perderse por causas naturales o accidentales.

¿Alguien me puede explicar qué hay de natural o de accidental en lo que ha sucedido hace unas horas en París?  

Porque no hay derecho a que unos asesinos cobardes enarbolen la bandera de su Dios para sesgar la vida de cientos de inocentes que no tienen culpa de que el desprecio por la Vida camine entre renglones y alaridos torcidos.

Porque no hay derecho a esta matanza humana, a esta barbarie, a este salvajismo irracional donde se demuestra una vez más que el hombre es un lobo para el propio hombre y el devenir de su propia existencia.

Porque no hay derecho a que las palabras se queden mudas, a que las imágenes carezcan de sentido, a que el dolor y la sinrazón se den la mano y juntas extiendan la alfombra roja del miedo,… otra vez el maldito miedo.  

Un miedo que muchos de nosotros sólo conocemos de oídas, pero que existe, vive alojado a la vuelta de la esquina y se ha paseado por la piel y los ojos de aquellos que han podido esquivar las garras de la muerte.

No hay derecho a tener una cicatriz así cosida de esta manera a la memoria.

No hay derecho a enterrar a un familiar sin ni siquiera saber el dónde, el cuándo, el por qué su corazón dejó de latir.

No hay derecho a que esta sociedad haya perdido el norte y se tenga que jugar sus cuartos ante fanatismos, ante terroristas, ante preceptos que sólo dejan entrever rencores, inquinas y gangrenas.   

Una tercera guerra mundial lleva tiempo masticándose en las entrañas del odio… que Dios nos coja confesados…

domingo, 8 de noviembre de 2015

Querida vida:


Este escribano de barro te escribe hoy esta carta a pesar de tener los rezos desgastados, los sueños remendados en esperas y el tarro de la esperanza a punto de acabarse.

Llevo algún tiempo juntando letras en un rincón del aire, y hoy voy a coser con mis dedos unos cuantos garabatos de grafías para revelarte un secreto que llevo años queriéndote confesar.

Y no es otro que decirte que de entre todos los tesoros que a lo largo de mi vida he ido acumulando sobre las alforjas de mis recuerdos, el que conforma ella es -sin duda alguna-, el mayor de todos los que tengo.

Allá donde mis silencios se apagan, ella con una mirada los enciende.

Allá donde los miedos se desperezan, ella con una simple sonrisa los ahuyenta.

Allá donde las fuerzas me agotan, ella -con sólo caminar descalza sobre mi piel-, consigue insuflarme alientos.

Ella es el aire que necesito para seguir respirando tras cada puesta de sol, ella es ese abrazo que busco cuando tengo frío, ella es el mejor  remedio para aquellos males que de vez en cuando se visten con lágrimas de impotencias.

Compañera, amiga, confidente,…

Quiso fijarse en mí un día, y desde entonces la felicidad la escribo con la tinta de su nombre,… ese que se resbala por mis labios al despertarme cada mañana,… ese que echa las llaves a mis sueños cuando acomodo mis cansancios a una almohada.

Querida vida, a pesar de que entre tú y yo existen demasiadas batallas perdidas, demasiados nombres ausentes y demasiadas preguntas huérfanas de respuesta, jamás podré agradecerte ese guiño que me pusiste hace años en mi camino; tengo la certeza absoluta de que mis pasos jamás caminaran sólo, que mi soledad a duras penas sobrevive y que mis huellas se anclarán por siempre a las suyas.

Querida locura, cuánto bien me hace tenerte cerca de mí.


domingo, 1 de noviembre de 2015

Seguid subtitulándome...


Las lluvias de hace un par de semanas me han dejado dos piedrecitas en el zapato que hasta que no me descalce de ellas me temo que no podré seguir persiguiendo mis sueños.

Una de ellas hace referencia a los limpiaparabrisas de mi coche; la otra tiene que ver con la estúpida manía que algunos telediarios nacionales tienen de subtitular todo lo que huela a Andalucía.

Lo de los limpiaparabrisas lo hemos solucionado pidiendo prestado el dinero, ya que si no era así no sé cómo podría afrontar un gasto de este tipo; es lo que tiene tener pocas horas de trabajo. 

Pero la solución para lo otro la veo bastante lejana, excepto si nos levantáramos en armas todos los que nos sentimos andaluces no sólo un día al año y defendiéramos nuestra cultura con uñas y dientes.  

Porque vamos a ver, yo hablo exactamente igual, y me expreso exactamente igual que alguien que vive en Salamanca, en Cuenca o en Palencia,… ¿por qué ellos cuando salen hablando por la pequeña pantalla no pasan por la vergüenza de ver sus palabras impresas como nosotros?

Quizás los primeros culpables de todo esto sean los mandamases de nuestro canal autonómico cuando se bajan los pantalones y subtitulan los Carnavales de Cádiz, como si la gente de la Viña cantara en chino mandarín sobre las tablas del Falla.

Y si encima este trabajo lo hicieran bien, no tendríamos que ver cómo unos  puntos suspensivos sustituyen a alguna que otra palabrota o palabra soez. Supongo que de esa forma evitaran herir sensibilidades.  

Cómo me rechinan las tripas cuando me ningunean mi forma de expresarme, cuando el problema del idioma es una bandera a la que otros andan anclándose.   


Pero os digo una cosa: ustedes seguid subtitulándome que cada vez que lo hacéis mi 
forma de hablar entra por los oídos, pero su grandeza entra por los ojos.